lunes, 8 de agosto de 2016

Relato de cómo seis individuos llegaron a la cima de Mount Timpanogos

Protagonistas (en órden alfabético): CoquiJoséLilaRubénTere y yo

Este verano del hemisferio norte ha estado siendo uno de mucha actividad al aire libre. Durante el verano de acá, con tanta montaña cerca, me cuesta no querer pasarme todo el día afuera; así y todo, ejerzo el autocontrol, organizo mi trabajo y mis responsabilidades, y después me dedico a que mi cuerpo reciba toda la vitamina D posible.

Coqui, el hermano de Vero, está visitando Utah. De 26 años, originario de Entre Ríos, Argentina, es profesor de educación física y Licenciado en Psicomotricidad. Como amante de las aventuras al aire libre, ha recorrido mucho de Argentina en bicicleta y hecho mucha otra cosa aventurera; durante este año, y los que siguen, va a estar recorriendo diferentes lugares de las tres Américas. Ahora que está acá, obviamente está tratando de aprovechar todo lo que puede de lo que Utah tiene para ofrecer.

Hace poco más de dos semanas, un grupo grande de gente desconocida tenía la meta común de subir a Mount Timpanogos. Cualquiera que quisiera, podía sumarse. Siendo una oportunidad genial para hacer uno de los "hikes" más famosos de esta región (15 millas o 24 kilómetros ida y vuelta), Faby y yo subimos a Coqui al auto y tratamos de dar con el punto de encuentro de este grupo para depositar allí a nuestro amigo argentino. Con la mejor de las intenciones, pero muy poca suerte, fracasamos en el intento (gran parte del fracaso tuvo su origen en un evento de Facebook muy pobremente diseñado).

Un par de días después del fracaso, durante una tarde de domingo en el parque, Tere dictaminó: "Coqui no puede irse de Utah sin subir a Timp. Vamos a tener que acompañarlo". Durante los días que siguieron, uno de los temas principales de conversación cada vez que nos veíamos las caras era la subida a Timp. Durante los últimos 5 días, fue casi lo único de lo que hablamos: cuándo hacerlo, en cuánto tiempo hacerlo, qué llevar, qué no llevar, cuánto llevar, incluso enumeramos alguno de los temas sobre los que íbamos a hablar durante el camino. Leímos bastante al respecto y comentamos las historias personales o ajenas sobre la subida; una de mis preferidas es la historia de una de nuestras protagonistas, a quien se le cayeron las uñas de los pies por causa de la larga y ardua caminata (los curiosos pueden contactarme por privado para obtener más información al respecto).

Finalmente, pusimos fecha para subir el 4 de agosto. Esta es la historia de cómo sucedió.

El grupo casi completo (a José lo encontramos en la base del Timpooneke
Trail) momentos antes de salir hacia la montaña.





El jueves 4 de agosto a las 9:30 de la noche, cargados con mochilas pesadas (aunque nadie pesó la suya, yo diría que llevábamos un promedio de 9 kilos [20 libras] por persona) e iluminados con "headlamps" (linternas de cabeza), dimos los primeros pasos en el sendero angosto hacia la cima. Muchísima gente sale a la noche, aunque mucho más tarde, para llegar a la cúspide al amanecer. Nuestro plan era ir sin horarios e ir viendo sobre la marcha. Caminamos casi cuatro horas en busca de "la pradera", donde íbamos a parar para dormir algunas horas. El camino hasta la pradera lo hicimos prácticamente sin descanso y maldiciendo cada tanto las mochilas (algunos más que otros).






Tere (con esta misma cara
buscaba la navaja)
Después de unas horas caminando, Rubén, que iba liderando la excursión en ese momento, paró y dijo: "Ahí hay algo que se mueve. ¿Le ven los ojos?". Todos nos detuvimos, y empezamos a retroceder lentamente. Yo, con la valentía que me caracteriza en estos casos, me escudé tras Coqui, que además tenía una navaja en la mano. Apagamos las linternas e hicimos un voto de silencio por unos breves minutos. Lamentablemente, no todos lo respetamos por igual. Tal como la persona que en el clímax de la película de suspenso se pone a abrir un caramelo que parece haber venido con una combinación de 18 números que el interesado desconoce, Tere, en medio del silencio, se puso a buscar la navaja que Rubén había escondido súper bien en su mochila. Así, bien preparado para un caso urgente.



Por bendición, el tigre esperó a que Tere diera con el cuchillín para que la lucha no fuera (tan) desigual. "Está viniendo hacia nosotros", dijo Coqui. Miedo. Grito mental. No es un tigre, es un oso. Impotencia. Correr no nos va a servir de nada. Con la vista fija en el grupo, la pantera empezó a moverse hacia la izquierda. ¿Quién @!*?¿@!* nos manda venir acá?! El animal se sigue moviendo. Nos mira. Esfuerzo por controlar esfínteres. Es un alce. Capaz que sobrevivimos. Rubén empezó a animarse a prender intermitentemente la linterna. Quizá así el antílope se confunda y salga corriendo, ya que somos seis contra uno. La hiperventilación comenzó a disminuir. Capaz que es un perro. Prendemos las linternas. El recién revelado e indefenso ciervo nos mira con cara de: "¡Uh, loco! ¡Me dejan pastar tranquilo un rato!?". Cero fatalities. Continuamos la caminata.

Antes y después de esta experiencia, hubo muchos momentos de silencio como método natural para ahorrar la energía y el oxígeno que nos permitían avanzar. Esto, por supuesto, hasta que Coqui ingirió una banana poderosa que le provocó la verborragia que nos salvó del aburrimiento y el cansancio, y que nos entretuvo el tiempo suficiente para olvidar la pradera que no aparecía más. Cerca de la una de la madrugada, llegamos a nuestra tierra prometida: el hotel "mil estrellas" (© 2016 Coqui Wallingre) donde tiramos nuestras bolsas de dormir. Cada tanto, pasaba algún caminante o grupo de caminantes, algunos acompañados por perros, y uno que otro callando al resto de su grupo con un "Shhh" cuando descubría que había un grupo descansando.

Primeras luces a eso de las seis de la mañana.


Con los primeros vestigios de luz en el cielo, nos despertamos (la mayoría).

 
Coqui practicando golf con el selfie palito
 y Lila la remolona.
Lila, inmutable.

Cada parte de la caminata tuvo su encanto, pero qué grandioso descubrir las montañas a nuestro alrededor, los árboles, las flores y los colores, una cabra montés pastando a lo lejos, la inmensidad y majestuosidad del lugar donde unas horas antes veíamos poco más que millares de estrellas.



José metidando en la noche de frío intenso que acababa de pasar.

Rubén tirando facha.
Lila seguía sin dar la cara.




Pinos parecidos a los que nos sirvieron de baño natural.

En medio de la naturaleza y gracias a un milagroso y barato invento de hombre, preparamos unos amarguitos para empezar la jornada. 


El amarillito nunca falla.
Aquelarre.

Tranquilos y sin nadie que nos apurara, retomamos la subida a las 8:30 de la mañana, esta vez con luz y un claro panorama de lo que teníamos por delante y a los costados. 










Unas horas después, con breves paradas en el medio para disfrutar como se debe de la vista, llegamos a "The Saddle", el último descanso natural antes del tramo más desafiante, física y mentalmente, que lleva a la cima. Ahí tomamos un buen descanso, comimos algo, nos hidratamos, tomamos unos segundos mates, algunos hicieron FaceTime con su familia en México (no me pregunten cómo es que hay señal allá arriba, pero la hay) y hasta disfrutamos de la hermosa escena de unas cabras de montaña cuyo paso fue torpemente interrumpido por bípedos humanos desesperados por sacarles fotos. 






El último tramo de subida es más peligrosito, con precipicios por doquier y con poca roca de la que sujetarse a medida que vas subiendo/trepando. La llegada a la cima es increíble. No hay mucho lugar para moverse, pero hay lugar de sobra para el asombro, para el agradecimiento por una creación tan maravillosa, para la profunda gratitud por un cuerpo que te pueda llevar hasta arriba, más allá de cuánto demores en llegar. Algún que otro integrante del grupo hasta se echó una siestita.

Coqui siesteando.



Tutti insieme.







La bajada fue, en mi opinión, magnificente. A pesar del cansancio y de las varias horas que nos quedaban de descenso, el descubrir nuevas vistas por la perspectiva diferente, te llenaba el corazón de felicidad. El saber que acabábamos de "conquistar" Timpanogos, nos hacía sentir que podemos hacer cualquier cosa. No es que de repente me crea que subimos el Everest, ni que luchamos con cocodrilos, ni que domamos un unicornio salvaje. No es eso. Es el logro de haber hecho algo difícil, pero que valía la pena; el haber vencido el cansancio, el habernos repuesto al agotamiento de llevar, cada uno, un muerto en la espalda. Es el testimonio renovado de que con la compañía de amigos, de gente querida, de buena charla, de buen sentido del humor, de una oración en el corazón, de la confianza en un Ser más grande que cada uno por separado y también que todos juntos, todo en esta vida se puede. Todo.

La bajada fue larga, con un descanso de 10 minutos y alguna que otra interrupción de gente sorprendida por el acento argentino del integrante entrerriano del grupo. La bajada estuvo colmada de tobillos que se torcían una y otra vez, choques contra las rocas que parecía que nos iban a imputar los diez dedos de los pies, alguna nariz sangrante, rodillas que pedían a gritos que llegáramos a la base o iban a explotar, cachetes rojos por el sol y el entusiasmo de la meta cumplida, y una urgencia descomunal por llegar al auto que nos llevaría (casi) directo a la cama. Pero llegamos.

Base.

De José nos despedimos en la base; a Coqui lo tiramos por Wymount, previa pasada por un "drive-thru" que le proporcionara las múltiples hamburguesas que su cuerpo requería; a Lila la dejamos en casa para que continuara la siesta que empezó a los dos minutos de subida al auto; Tere, Rubén y yo nos premiamos con Café Río y horchata, y después hicimos taza-taza. Yo fui la última en depositarme en mi morada una vez repartidos los cuatro paquetes que llevaba en el auto. Me bañé y antes de que nos quedáramos sin luz afuera, ya estaba charlando con Morfeo.

Para los que conocen Timpanogos, googléenlo, porque yo no estoy como para ponerme a ver cuál es el mejor sitio web. :)

martes, 7 de junio de 2016

Fabiana

Octubre 2015 - Mientras yo le cuidaba la casa y los gatos a mi abuela del corazón, Raquel, Faby se fue hasta Herriman para extrañarme menos y hacer compañía. 

Para los que no la conocen, esta es Fabiana Pérez, Faby para los amigos, Valeria para los desconocidos. Nos conocimos en 2013, durante mi breve regreso a Uruguay, cuando fue un par de veces a casa a trabajar en mi cabellera. Faby es una estilista súper top que antes trabajaba en los canales de televisión uruguayos peinando gente famosa y que ahora está disfrutando del pico máximo de su carrera experimentando con mi cabellera (o lo que queda de ella) tiempo completo. Este ascenso lo obtuvo gracias a que vive bajo mi mismo techo desde fines de agosto 2015. Qué bien me hace sentir saber que la estoy ayudando a progresar de esta manera.

Yo le pago en especie: le hago arroz con leche, zucchinis rellenos, tartas de tipos varios, licuados exóticos, a veces le lavo los platos, le doblo la ropa que quedó en el secarropas, le cuelgo lucecitas blancas en la habitación, le canto mientras toco el ukelele (como puedo) o la deleito con un karaoke unimembre de los últimos hits de Justin Bieber, Adele y Sia.

Faby es como mi mamá: me festeja y aplaude todo lo que hago, me vive diciendo que todo lo que cocino es delicioso, que todo lo que canto me sale precioso, que cómo he progresado desde el primer día que me escuchó tocar el ukelele. A veces la pesco filmándome (seguramente está preparando un montaje para chantajearme el día que deje de cocinarle) y casi siempre termina la grabación diciéndome: "¿Cómo no quererte?". Faby quiere fácil.

Con Faby nunca te quedás sin tema para charlar, no sé cómo, la verdad. Pero es así. Hemos sabido sentarnos en el living a las diez de la noche para contarnos cómo fue nuestro día y terminar hablando de bueyes perdidos. Y a mitad de camino, como a la una de la madrugada, cuando hace una hora que habíamos empezado a decir que "Es tarde, che. Vayamos a acostarnos", por ahí hasta encontramos a los bueyes que se nos habían perdido. Y cuando nos queremos acordar, nos trasladamos a mi habitación, donde me ayuda a ponerle sábanas limpias a mi cama y empezamos un debate acalorado porque ella me dice que mi cama es de plaza y media, y yo le digo que está completamente equivocada porque es de dos plazas, y entonces le empiezo a tirar las medidas de los diferentes tipos de camas, pero ella me sigue porfiando con que mi cama es de plaza y media. Y a esa altura, ya dieron las dos y media y terminamos muertas de la risa porque a quién le importa de qué tamaño es mi cama con la hora que es. Faby es cabeza dura y le cuesta dar el brazo a torcer (muy parecida a la que escribe, por cierto).

La vida con Faby es divertida y sumamente agradable. Dejando los chistes de lado, Faby vale oro en polvo y paso a explicar el porqué.

Las dos razones principales por las que está dispuesta a que yo le pague en especie por los servicios que le presta a mis rizos castaños son, primero, el amor que tiene por lo que hace, por la profesión que desde chica soñó tener y que ahora hace de mil maravillas; y, segundo, porque Faby es servicial y sumamente poco egoísta. Faby se interesa sinceramente por sus amigos y lo demuestra con lealtad, cariño y actos de servicio espontáneos, como se ve en estas fotos:


ocasiones en las que, tras haberse levantado y salido de casa antes de que yo amaneciera, me dejó listo el mate. ¿Quién hace eso? No muchas personas.

La razón por la que Faby me festeja y aplaude todo lo que hago no es por el talento desorbitante que poseo. Nada más lejos de la realidad. Es porque le gusta hacer sentir bien a los demás, porque hace caso omiso de todas las notas a las que le erré y se centra en la única a la que le pegué. Sabe disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, y si ve un poquito de bueno en algo o alguien, lo agradece, se alegra, sonríe y ríe, y a veces hasta se pone a saltar. Ejemplo en cuestión, las foto a continuación:

Faby expresando sus sentimientos por la tarta de choclo que le puse en frente. Una tarta como cualquier otra. Y aun así, ella feliz.
.
Faby no se queda hasta cualquier hora de la noche charlando con vos porque no tenga nada mejor que hacer ni porque nunca tenga sueño (lo cual durante un tiempo sospeché). Se queda hasta cualesquiera horas porque le interesa escucharte, porque le interesa tu vida, porque se alegra de tus logros y quiere saber todos los detalles; se queda todo lo que tenga que quedarse porque le interesa enterarse de tus dolores y se esfuerza por consolarte, o por lo menos acompañarte, ayudarte a ver el lado positivo del dolor, de la prueba, y porque sabe que a veces la gente simplemente necesita hablar y que alguien se muestre interesado en lo que tiene para decir. No es poca cosa. 

Hace unos meses le conté de mi preocupación por llegar a la vejez sola. "¿Quién me va a cuidar cuando sea vieja, me querés decir? Felipe, Emilia y Paula seguro van a estar cuidando a Esteban y a Vero, así que con mis sobrinos no puedo contar". A mi perorata sobre la vejez y la soledad me respondió con un dulce "Vos quedate tranquila que yo te voy a cuidar". 

Faby tiene un corazón agradecido. Es feliz con poco y agradece desde las cosas pequeñas, como la bendición de estar sentada a la sombra de un árbol durante un día soleado, y reconoce las cosas grandes también, como el sentir el amor de un Padre Celestial que la cuida y nunca la olvida. 

La vida con Faby vale la pena. 

***Solteros interesados, tengan la bondad de contactarme por privado y sabré reservarles un lugar en la ocupada agenda de nuestra estilista preferida.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Hoy voy a cantarle un poquito a Gardel

El miércoles de la semana pasada empecé el día tempranito, como de costumbre. Como a pesar de la costumbre no me acostumbro, la primera media hora de vigilia siempre resulta un poco dolorosa. Suena el despertador y odio mi vida durante los primeros tres minutos. Si pasados los tres minutos junto la fuerza necesaria para salir de la cama, durante los siguientes cinco odio mi vida un poco menos. Sin embargo, la profunda congoja que me estruja el pecho no me abandona. En general, me ducho a la mañana y para cuando salgo de la ducha el agua me enjuagó un 70% de la tristeza y la autocompasión que me caracteriza antes de que salga el sol. Unos 30 minutos después de haber abandonado mi “reposáculo”, ya estoy en la cocina terminando de preparar el mate que me voy a llevar a mi escritorio para empezar el día oficialmente. El mate generalmente enjuga las lágrimas que mi corazón todavía derramaba 30 minutos después de haberme levantado.

Esa primera media hora es difícil, pero cada día sobrevivo a ella y puedo decir que en general me repongo completamente para las 6:30 de la mañana. Sin embargo la semana pasada descubrí que eso no era del todo correcto: me di cuenta de que mi corazón, motivado por el ambiente lóbrego indicado, sigue llorando por lo menos hasta las 7:30 de la mañana.

He aquí la prueba.

El miércoles pasado tempranito, tras sentarme en mi escritorio, me puse a buscar una noticia y una canción para compartir con mis clases esa mañana (siempre empezamos las clases de español  con OCA [Oración Canción Acontecimiento actual]… Como estamos en una universidad NO laica, podemos empezar las clases con una oración). En general OCA está a cargo de los alumnos, pero durante la primera semana hago varias OCAs yo para que sepan qué espero que hagan ellos después. La cuestión es que cuando abrí YouTube para buscar una canción (del mundo hispanohablante, por supuesto), mientras claramente me cubría un halo de melancolía, esto es lo que escribí en el buscador: “Carlos Gardel”. Ponele.
Nunca sentí ningún tipo de afinidad por la música del arrabal. De chica, disfrutaba de los Beatles que ponía papá en el auto y sufría con Mercedes Sosa cuando era el turno de mamá. De adolescente me gustaban los Backstreet Boys. A los veinte conocí a Norah Jones y el jazz-pop-soul es lo que más me gusta. O sea, tango ni ahí.

Debo aclarar que la historia y la evolución del tango son cuestiones sobre las que me gusta leer, y en ese contexto me gusta escuchar alguna que otra canción, empezando por Gardel, siguiendo por Tita Merello, Astor Piazzola y terminando por Bajo Fondo. O sea, contextualizado, me gusta. Pensando en la historia, en lo que implicaba para la cultura rioplatense y desde un punto de vista literario, me encanta. Ahora, a las 6:30 de la mañana, cuando estoy tratando de encontrar razones para vivir y mantenerme despierta y agradecida por la vida, el tango no es lo primero que me viene a la mente.

Pero la semana pasada pasó algo. La semana pasada mi espíritu envejeció y mis dedos tipearon “Carlos Gardel” sin mi permiso. Uno de los primeros videítos que apareció fue uno que he visto varias veces e incluso lo he usado en una clase en la que me tocó hablar del tango. Este videíto. 

El día que me quieras. Hermosa canción, hermosa poesía.  El miércoles pasado, cuando todavía no había amanecido, la música y la voz del que cada día canta mejor empezó a acariciar mi sueño con su suave murmullo; por un momento me olvidé de mi herida, porque con una canción así “todo, todo se olvida”. Decir que estaba metida en la canción, es poco; básicamente la canción y yo éramos una, hasta tal punto que “un rayo misterioso” me alcanzó y cuando me quise acordar estaba llorando. Lágrimas. Llorando lágrimas. Si Tata Jaime (mi abuelo materno) me hubiera visto llorar por un tango, hubiera llorado conmigo. Cuando mamá se entere de mi experiencia, seguro va a estar dispuesta a dejarme toda (¿?) la herencia a mí solita. Papá no sé si se conmoverá mucho.

El miércoles pasado entendí qué quiso decir Discépolo cuando dijo que “el tango es un sentimiento triste que se baila”. Finalmente me sentí identificada con esa parte de mis raíces, y me gustó, y me conmovió.

Ya sea que mis lágrimas hayan sido producto de la comunión con el pasado de mis antepasados o simplemente el resultado de la nostalgia por verme obligada a abandonar el mundo de los sueños y el reposo, siento que percibo un poco mejor la belleza de la poesía que se cantaba por medio del tango. Sin duda respeto muchísimo más al Zorzal Criollo.

Como dice la canción:

“El mundo fue y será una porquería, ya lo sé. En el quinientos seis y en el dos mil también”. Pero qué maravilla que no todo sea tan malo ni tan feo. Qué genialidad seguir encontrando placer en el arte, del tipo que sea. Qué bendición tener acceso a tecnología que nos acerca a épocas pasadas y nos permite participar de la belleza de otros tiempos. Porque “si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a eso aspiro. 

martes, 4 de agosto de 2015

Lo que creo

A fines de junio compartí 27 horas de corrido con dos queridos amigos, Rubén y Tere (que rima con Bere, gran parte de la razón por la cual somos amigas). Durante esas 27 horas hubo muy pocos momentos de silencio, hazaña de la que no cualquiera puede hacer alarde. Como se imaginarán, en 27 horas entran todo tipo de conversaciones sobre innumerable cantidad de temas, los cuales pueden ser tratados con una interesante variedad de profundidad.

¿Alguna vez grabaron un video con el celular y quisieron mandarlo a un hermano/hermana/amigo/amiga/almacenero/almacenera y les apareció un cartelito que decía que el video era demasiado largo para mandarlo y que tenían que seleccionar sólo una parte de él? Cada vez que me pasa (que no es muy seguido igual), me frustra, porque a mí me gusta compartir todo, y si no puedo compartir todo, entonces mejor no comparto nada. De todos modos, siempre encuentro la manera de hacer la frustración a un lado y decidir qué parte me parece la más memorable y digna de compartir. Nuestra larga charla es como uno de esos videos que querés compartir enteros pero no se puede. Lo bueno es que en este caso no me frustra demasiado el no poder compartir todo, porque más allá de que le resultaría tedioso al bondadoso lector, esta vez sí me resulta fácil elegir mi parte preferida. Las últimas tres horas del viaje, las que pasamos viendo el amanecer y recibiendo un nuevo día, fueron definitivamente las mejores.

Hace varias semanas hubo mucho revuelo en el país y en las redes sociales por la 
decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Durante las últimas tres horas del viaje, este fue uno de los temas que tocamos. Desde hace tiempo vengo pensando en cómo explicar las cosas en las que creo sin ofender ni lastimar a las personas que tienen ideas diferentes, y si bien Rubén y Tere comparten mi sistema de valores, charlar con ellos sobre esto me ayudó a poner mis ideas y mi razonamiento en orden.

Antes que nada, considero sagrado el derecho que cada ser humano tiene a hacer uso de su albedrío. Todos somos libres de escoger qué hacer, qué decir y qué creer. Y esto lo digo tanto por mí, por el derecho que tengo a que se respeten mis creencias (aunque estas no sean muy populares), como por cada persona que cree y opina diferente de mí.

Habiendo dicho eso, estas son algunas de las cosas en las que creo y la razón por la que las creo:

Dios existe y yo soy una de sus hijas. Mi vida no comenzó al nacer en esta tierra y no va a terminar cuando muera. Esta vida es solo parte de mi existencia eterna (sin principio ni fin). Como hija de Dios, Lo respeto, Lo amo y tengo la firme convicción de que quiere lo mejor para mí, lo cual no se limita a lo mejor durante esta vida terrenal, sino lo mejor para siempre. A veces no entiendo por qué tengo que pasar por ciertas cosas durante esta vida, pero no dudo que, aunque algunas experiencias no me traigan felicidad ni satisfacción en el momento, a la larga me fortalecen, me ayudan a aprender, a entender mejor el propósito de mi vida, porque sé que mi vida, como la de cada persona, tiene un propósito.

¿Por qué creo en Dios? Porque me resulta imposible creer que no haya nada más grande que el hombre tal como lo conocemos; porque en mi mente no cabe el “porque sí” como una respuesta válida a por qué existo, porque el cuerpo humano es demasiado complejo y maravilloso como para no haber tenido un Creador con características divinas, y además no puedo concebir la inexistencia.

¿Por qué amo a Dios? Porque no puedo no amar a mi Padre. Porque, aunque no lo he vuelto a ver desde que nací de mi madre Lilián, Lo conozco (no tanto como quisiera, pero en eso estoy), porque a lo largo de mi vida he cultivado una relación con Él al darle un lugar en mi vida a diario. Sé que conoce mis deseos, mis sentimientos, mis miedos y mis pensamientos; sin embargo, también sé que si yo decido ignorarlo, Él no se mete en mi vida. Pero en general trato de no ignorarlo, sino que me esfuerzo por comunicarme con Él, en mi mente y mi corazón; me esfuerzo por darle a conocer todo lo que deseo, lo que siento, lo que temo y lo que pienso. Y sé que Él me escucha. Me escucha porque me ama, porque, como cualquier padre, quiere formar parte de mi vida, porque le intereso.

Para mí esta vida tiene sentido porque creo en Dios. Y creer en Dios, creer en que hay algo más grande que yo, más grande que cualquier persona en esta tierra, más grande que este mundo en el que vivimos, es lo único que me da tranquilidad, y es esa tranquilidad la que me permite sentir felicidad y paz.

Como tengo la firme convicción de que Dios existe y ama a todos Sus hijos (cada persona que ha vivido, que vive y que vivirá en esta tierra), sé que jamás nos dejaría solos, sin una guía clara para nuestra vida. Esa guía podemos recibirla personalmente, sin intermediarios, cuando se trata de cuestiones que solo me afectan a mí. Cuando se trata de cosas que no son únicamente particulares a mí, sino a todas las personas, los Profetas y Apóstoles están autorizados a hablar en nombre de Dios para toda la humanidad. Confío plenamente en lo que ellos dicen, incluso cuando mi mente finita no comprende todas las cosas de valor eterno, valor que trasciende esta vida. ¿Por qué confío plenamente en ellos? Porque muchísimas veces he sentido la confirmación en mi corazón de que hablan en nombre de Dios. Y una vez que recibo esas confirmaciones, no las pongo en duda. 

Sé que no todos sentimos de la misma manera ni entendemos la vida de la misma forma, y lo respeto. Uno de los principios que aprendí desde muy chica es que TODOS tenemos la libertad de elegir cómo vivir, qué hacer, en qué creer y en qué no creer. Por esto mismo, jamás intento imponer mi opinión ni mis creencias en otras personas. Respeto la opinión de los demás porque todos tenemos el derecho a pensar y formar nuestras opiniones como mejor nos parezca. No condeno las ideas de nadie que piense diferente a mí, y por eso considero que merezco el mismo respeto y libertad al momento de decidir en qué creer y cómo conducirme en la vida. 

Algunas de las cosas en las que creo incluyen esto: 

"Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación han de emplearse sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados como esposo y esposa.
"Declaramos que los medios por los cuales se crea la vida mortal son divinamente establecidos. Afirmamos la santidad de la vida y su importancia en el plan eterno de Dios. ...
"La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad. La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y se mantienen sobre los principios de la fe, de la oración, del arrepentimiento, del perdón, del respeto, del amor, de la compasión, del trabajo y de las actividades recreativas edificantes". (La familia: Una proclamación para el mundo, 1995.)

Estas cosas, como tantas otras, se entienden mejor si no se las saca del "gran todo" del que forman parte. Estas verdades están atadas a otras verdades más grandes, algunas de las cuales mencioné más arriba. 

Sea como sea, repito: esto es lo que yo creo. Entiendo que no todos pensamos ni creemos de la misma manera, pero eso no quita que podamos seguir queriéndonos y aceptándonos igual.


Ahora sí, doy fin a mis palabras y me voy.



domingo, 8 de febrero de 2015

Lo que no se escribe, se olvida

Lo que no se escribe, se olvida. Lo que se olvida, no se recuerda. Lo que no se recuerda deja de ser parte de nosotros. Lo que deja de ser parte de nosotros, deja de pertenecernos y deja de definirnos.

Cuando no escribo para registrar lo que pasa en mi vida, sé que pierdo partecitas de Berenice: mis recuerdos. Y no me gusta perderme. Me caigo relativamente bien y como, para el caso, voy a seguir siendo yo por el resto de la eternidad, mejor que sepa quién soy, mejor que registre lo que me pasa para que recuerde quién soy y cómo llegué ahí.

A veces me gustaría ser un poquito más como Funes, que no tenía la capacidad de olvidarse de nada, pero eso se me pasa bastante rápido, apenas recuerdo que olvidar muchas veces es una bendición. Muchas personas se emborrachan para olvidar, yo no escribo para olvidar. Algunas veces se me va la mano y no escribo sin darme cuenta, y sin darme cuenta me olvido. Y en general hay mucha cosa buena y linda que recordar.

Hoy me acordé,
y entonces escribí.

domingo, 15 de junio de 2014

Esteb(it)an

Y hoy tocó Esteban, mi hermano mayor, único y genial en muchos aspectos, insoportable en muchísimos otros. Mamá y Papá lo esperaron ansiosos por algunos años, hasta que finalmente se dignó a aparecer. Llegó para alegrar la vida de Jorge y Lilián, como lo prueba esta estupendísima foto.


Cuentan las malas lenguas que tenía sus lindos berrinches de pequeñuelo. Yo me atrevo a decir que dichos berrinches no terminaron como hasta que cumplió los diecinueve años, solo que fueron mutando y volviéndose un poco más sofisticados conforme iba creciendo.


Siempre fue medio malhumorado y algo descarado o atrevido, believe it or not. El que me lea ahora y tenga la imagen de Esteban sentado en el estrado de la capilla pensará que soy una calumniadora, pero no, estoy hablando con la pura verdad.

De chicos nos peleábamos todo el tiempo. ¿A qué se debían nuestras peleas? No estoy segura, pero era nuestra manera de vivir la hermandad que nos unía. Cada tanto teníamos algún momento de paz, como en Navidad, Reyes, el Día del Niño y alguno que otro día en que, quizá sin que nos percatáramos, alguien había pintado el dintel de nuestra puerta con sangre de cordero y el ángel
destructor decidía no pasar por nuestra casa.
Pero esa no era la norma. 

Esteban y Eclón - 1993


Algunos ejemplos:

Transcripción: "Como todos los días tuve una pelea con Esteban..."
Entrada en mi diario personal. Yo, 9 años. Esteban, 11.



Transcripción (sic.): "20/11/92 - Hoy a las 14:30 me pelie con Esteban y me pegó
una patada en el estómago y yo me puse a llorar.
Vino papá y retó a Esteban. Y nos puso en penitencia".


El registro de arriba es un claro ejemplo de que la historia la escriben los vencedores. Si bien los dos nos comimos la misma penitencia, si no fuera por este post, la posteridad sólo vería a Esteban como el perpetrador de castigos infundados e inmerecidos. A favor de mi hermano mayor, me declaro igual de culpable que él, ya que la patada en el estomágo fue la respuesta a mi intento fallido de lanzarle y embocarle una canilla de bronce con forma de serpiente. True story.


Básicamente, esa fue nuestra infancia: peleas. Sabíamos que nos queríamos, pero nos esforzábamos bastante por que no se notara mucho. Cada tanto, después de alguna patada que otra, Esteban se sentía tan culpable que me hacía una postal en la computadora (una de aquellas que estaban re de moda a principios de los noventa, cuando reinaba DOS), plasmaba sus más profundos sentimientos en ella y me la pasaba por debajo de la puerta del cuarto en el que yo cumplía la condena de mi penitencia. 

.


Gracias a la sabiduría que los años me fueron dejando y al sabio consejo de mi madre, pasamos a otra etapa. Mamá me dijo: "No le des corte. Tarde o temprano, se va a cansar de molestarte y que vos no reacciones". Dicho y hecho. Dejé de prestarle atención a sus intentos de encolerizar mis ánimos y se cansó. Entonces empezó a molestar a Michelle, las más pequeña, que literalmente llevaba la "garra charrúa" en su interior y la exteriorizaba arañándolo hasta lastimarlo. Un primor los hermanitos Ventura.



Durante mi adolescencia, que llegó después de la de él pero la compartimos varios años, aprendí a admirarlo secretamente. Empecé a darme cuenta de que el Esteban que conocíamos en casa no era el único Esteban que existía. Estoy segura de que, por alguna extraña razón, en casa sentía la obligación de disfrazar a la ovejita de lobo rapaz, para así ocultar su verdadera identidad: cuando lo veías sin el traje de villano, te dabas cuenta de que su valor se equiparaba al del oro. Era como Snape, que nos tuvo seis libros y medio convencidos de que era la piel de Judas.  




Empecé a darme cuenta de por qué todos querían al Paté (sobrenombre por el cual era conocido a lo largo y ancho de la Estaca Este, en Uruguay): Esteban era excelente deportista, divertido, de sonrisa fácil, paciente, amable, sumiso, servicial, líder natural. En casa todas estas características de su personalidad solían quedar sepultadas debajo de las innumerables revistas de surf y skate(boarding) que literalmente tapizaban el piso de su habitación; esas virtudes quedaban ocultas tras             el ruido de la música punk                                         terriblemente ruidosa que escuchaba
                                                                                                         o tras algunos actos de rebeldía                                                                      que surgían bastante seguido. 




Pero un día se fue tres meses a otro país y quedamos lejos, separados por miles de kilómetros por primera vez. Y entonces no quedó duda de que nos queríamos bastante, tanto que hasta nos extrañábamos, cosa que nos llevó a empezar a escribirnos e-mails a diario. ¿Qué me contuchi? De repente como que empezamos a hacernos amigos. 

Unos meses después de ese viaje, llegó el momento de que se fuera de nuevo, pero esta vez por dos años. 

Me acuerdo del día en que lo dejamos en el CCM de Buenos Aires, antes de empezar su misión en Mendoza, Argentina. Como evidentemente les sobraban un par de lugares ese día, nos invitaron a participar de una pequeña reunioncita con los misioneros. No me acuerdo mucho de qué se hizo ni se dijo en esa reunión, pero no me olvido que le pidieron a Esteban que dirigiera el primer himno y a él no se le ocurrió mejor idea que decir que su hermana tocaba el piano. Fue un momento especial y fraternalmente romántico. Cuando terminó esa pequeña reunión, llegó el momento de la última despedida y creo que ninguno de los dos se esperaba la emoción que nos embargó. Después de tantos años de peleas, de casi ignorarnos mutuamente, de distancia a pesar de vivir bajo el mismo techo, el día que tuvimos que despedirnos por dos años, nos abrazamos y no nos soltábamos, y no dejábamos de llorar. Tan machito que se hacía andando en skate, haciendo surf, escuchando estruendosa...

Y volvió de la misión hecho (casi) un hombre. Empezó a salir con mi amiga del alma, Vero; la esperó durante un año y medio cuando ella se fue a la misión; y unos meses después de que volvió, contrajeron nupcias. 

Hoy Esteban es todo un hombre y padre de (casi) tres hijos: las criaturas más hermosas que he conocido hasta el momento. Me encanta cuando en sus e-mails, casi sin darse cuenta, me dice que ama a sus hijos. Me enternece cuando me cuenta del buen corazón de Feli y de la gracia de Emilia. Me llena de admiración cada uno de los esfuerzos que hace desde hace casi ocho años por proveer para su familia, por superarse, por alcanzar metas. Me enorgullese saber que está dispuesto a lavar platos, cambiar pañales y hacer las compras, y que no se siente menos hombre por eso. 



A veces es difícil hablar con Esteban sin exasperarse. Cada vez que hablamos, cinco minutos o cinco horas, él trata de solucionarme la vida. Cualquier cosa que le cuentes, sea o no sea un problema, él tiene la solución (o soluciones): invertí, poné un kiosko, empezá a hacer yoga, anotate en un grupo de baile, salí a caminar, andá a lugares donde no conozcas a nadie, descansá, no estudies/trabajes todo el tiempo, buscá un nuevo pasatiempo, cantá en un coro... A veces es enervante. Sin embargo, hace un tiempo me di cuenta de algo. Lamento que me haya llevado tanto tiempo darme cuenta, pero mejor tarde que nunca. Esteban siempre tiene una solución para proponerte porque quiere ayudarte. Quiere ayudarte sinceramente, porque te quiere, porque me quiere. Y la verdad es que siempre viene bien que alguien nos quiera, sobre todo si es un gran hombre, un siervo de Dios, el hermano por el que estoy eternamente agradecida. 

Te adoro, Estebitan. Sabelo.

¡Feliz día del padre!


Esteban le enseña a pesar a Feli.