martes, 13 de septiembre de 2016

Dios, destino, universo... como quieras llamarle

La estadía de Coqui en Provo dio para bastante y nos dejó con ganas de mucho más. Agosto fue un mes intenso, y digno de recordarse y guardarse en los registros. Desde que era chiquita, agosto fue un mes mágico para mí; siempre me pareció especial porque era el mes de mi cumpleaños. Aunque hayan pasado muchísimos años ya desde mi pequeñez, agosto sigue teniendo un no sé qué que me hace feliz. Durante agosto me parece que todo es posible. Este superó mis expectativas y me dejó regalitos que voy a guardar para siempre entre mis recuerdos más preciados.

Casi cualquier excusa es válida para viajar y organizar aventuras, así que faltando poco para que Coqui se nos volviera a Sudamérica y teniendo un primo de Tere y Rubén para traer a Utah desde peccatum civitas (mejor conocida como Las Vegas), nos dispusimos a planear.

Fue así que el 19 de agosto partimos con rumbo al sur de Utah. El estrés de días anteriores y las trasnochadas con los que cargábamos los cuatro por diferentes razones, no nos permitieron arrancar tan temprano como queríamos originalmente, pero allá salimos: media mañana, sol radiante, mates, buena música y mejor charla. Durante el camino fuimos haciendo planes para el día que corría y para el siguiente.




Llegamos a St. George como a las tres de la tarde y paramos a almorzar. Nos sentamos, jugamos al ta-te-ti y al ahorcado mientras esperábamos la comida, y empezamos a tratar de decidir qué íbamos a hacer después. La promesa de "bottom-less fries" (canilla libre de papas fritas) parecía una idea genial cuando llegamos y terminó siendo un grave error cuando partimos. Al cansancio que traíamos se le sumó un aletargamiento irremontable que cambió todos los planes de aprovechar viernes y sábado al máximo para meter al menos dos "hikes" grandes en Zion's. Otro día aprovechamos el día: hoy relajémonos y hagamos la digestión tranquilos, fue la decisión unánime.

Manejamos como media hora más hasta llegar al lago de Sand Hollow, donde nos quedamos hasta la mañana siguiente. Si lo hubiéramos planeado con más tiempo, no nos podría haber salido mejor. Con el resto de la tarde y la noche a nuestra entera y "cero-estrés" disposición, hicimos una parada en unos baños, nos pusimos atuendo apropiado para el agua, y nos buscamos un lugarcito junto al lago para disfrutar. Arena colorada y suavecita, agua cristalina de temperatura ideal, brisa tranquila y espacio suficiente para "hacer la nuestra" sin molestar a nadie ni nadie que nos molestara, nubes oscuras que prometían lluvia pero que no se animaron a aguarnos la fiesta... No podríamos haber pedido situación más ideal. Así, sin necesidad de preámbulos, al agua pato.










Algunos ratos después, rayos y truenos mediante, amenazados con morir electrocutados en el agua, salimos a poner la caldera/pava/tetera al fuegüito que los chicos tan inteligentemente habían ubicado bajo una mesita que conseguimos. Las lluvia no se animó a mojarnos y únicamente nos rodeó de lejos; las nubes que quedaron, se acomodaron estratégicamente para regalarnos un atardecer de película. Unos se perdieron para ir a retratar el momento, otros hicieron FaceTime con los seres queridos en tierras lejanas y algunos leyeron hasta que las pupilas terminaron vencidas por la oscuridad. La noche se unió a la velada.












Un lindo fueguito a un costado. Más agua calentándose para nuestra cena de lujo (sopitas Maruchan). Más y más charla... vaya uno a saber sobre qué. Me he dado cuenta de que cuando cuatro almas congenian, la falta de esfuerzo para charlar hace que uno se olvide de qué temas se tocaron. De lo que sí no me olvido es de la lección de ciencia de la noche: ¿sabían que, si ponen una botella de plástico con agua en el fuego, la botella no se derrite? Whaaaaaat? Sí, chicos. No se derrite. Gracias, Coqui.





Después de colocar un par de nuestras linternas para la cabeza en una posición estratégica para ahuyentar bichos, los bichos nos dejaron en paz. Y entonces empezaron a molestar nuestros vecinos. Grupo como de quince personas: adultos y niños; un trailer grande y algunas camionetas, cuatriciclos y motos de agua. Cayó la noche y se les despertó el animal musical. Literalmente, el animal. La música era de este tipo, a volumen de boliche/discoteca/antro: SOAD (escuchar a partir de 0:30 para una mejor representación de la situación). O sea, ellos escuchando esto y nosotros tratando de ser uno (bah, cuatro) con la naturaleza. Cuando la música no paraba, pero el horario de silencio y respeto a su vecino ya había empezado, Tere y Rubén demostraron ser los que llevaban los pantalones y les fueron a pedir a los amigos que bajaran un poquito la música. Mientras, Coqui y yo los esperamos escondidos abajo de la mesa, con todas las luces apagadas y aguantando la respiración.

Ya más tranquilos, tiramos los aislantes por ahí y nos hicimos una linda alfombrita para jugar a las cartas. El Chancho y Manotazo fueron las vedettes de la noche. Decir que nos matamos de la risa es poco. (El día que yo sea presidenta de alguno de mis países, voy a declarar el Chancho como el juego de cartas nacional; el día que trabaje para la UNESCO, voy a declarar las cartas para el Chancho como patrimonio cultural universal; y, ya que estamos, el día que sea Ministra de Educación de algún país, voy a dictaminar que, en vez de clases de Educación Física, haya clases de Chancho y Manotazo, y seguro que un día llegamos a las Olimpíadas, porque si el ping-pong puede participar, ¿por qué no el Chancho?). Pocos juegos me producen tanta felicidad. Nos tomamos tan en serio estos juegos que Tere terminó con una lesión de dedo medio tras la colisión de manos. Pasada la medianoche, dimos por terminada la jornada y dormimos bajo las estrellas, y esta vez sin frío, así que: maravilloso.

Con los primeros vestigios de luz, Tere le cantó las mañanitas a Rubén, que cumplía años, yo le mandé un feliz cumpleaños mientras me cambiaba de posición y Coqui salió a disparar algunas fotos para después volver al sobre. Amanecimos de nuevo como a las ocho y media de la mañana.
El desparramo pernoctador.

Coqui hizo rancho aparte.


Rubén meditando en su cumpleaños.

Super tranquis desayunamos, levantamos nuestras cositas y partimos, ahora sí, hacia Zion National Park. Nuestro plan para el día: Angels Landing.

Llegamos a Zion y empezamos a andar el camino que nos llevaría hasta el principio del "hike". Desde la entrada, teníamos que ir derechito hacia el norte. Como no podía ser de otra manera, con el sentido de la orientación que nos caracteriza, no quiero decir a todos, pero sí a muchos latinoamericanos, nos desviamos una hora hacia el oeste, hasta que llegamos a una de las salidas del parque nacional, donde se conecta con la ruta a otro. A pesar de la demora, el desvío no fue en vano. Disfrutamos de esas rocas gigantescas y maravillosas que parecen cortadas por gigantes y te hacen dar exclamaciones de asombro cada pocos segundos. A pedido de Coqui, durante el camino entre montañas, fuimos escuchando "Sh-boom", de la banda sonora de Cars, porque el paisaje se parece al de la película (¿el arte imita a la realidad o la realidad imita al arte?). En nuestro "detour", pasamos también por un túnel de una milla de largo, cavado en el corazón de las montaña. Con la madurez que se apodera de cualquier persona en dicha situación, sacamos la cabeza por la ventana en varias ocasiones para poner a prueba el eco del túnel con diversos tipos de inteligentísimos sonidos.

Después de pegar la vuelta, como también se nos ha hecho costumbre, nos paró la policía. Esta vez fue culpa de una cáscara de banana que no soportó el encierro del auto y fue a parar al costado del camino, justo cuando los guardabosques venían detrás de nosotros, inocentes visitantes que se habían metido por donde no podían transitar. Milagrosamente, nos salimos de la multa de $250 dólares por tirar basura (aunque sea orgánica) en un parque nacional con la condición de que la mano tiradora de la cáscara fuera también la mano recogedora. Dimos con la ropita amarilla de la banana y retomamos viaje.

El infractor volvió a entrar al auto, y salimos a buscar lugar para estacionar; encontramos uno al costado del camino y caminamos hacia el ómnibus/colectivo/micro/camión/(auto)bús que nos llevaría hasta el comienzo del "hike". A la una y media de la tarde, hora ideal (?) para subir una montaña sin sombra al sur de Utah, donde no hay menos de 35ºC a esa hora, y con suficiente agua tibia como para morir deshidratados, emprendimos la subida.

Sin palabras.






Llegamos al último descanso y, habiendo sido alertados por este alentador cartelito:

"¡Advertencia! Las caídas de estos
precipicios han terminado en muerte".

hicimos de tripas corazón, y nos largamos a subir. Trepando con la ayuda de cadenas, nos sentíamos seres salidos de la mitología griega, porque hubiéramos jurado que de repente éramos mitad hombre/mujer, mitad cabra. Las vistas y la experiencia: impagables. Llegar a la cima es algo increíble. No solo por el logro, sino porque tan arriba no podés evitar sentirte chiquito, rodeado de tanta majestuosidad y tanta belleza.

Foto desde el último descanso antes de la parte más emocionante del "hike". La cima de esa rocota/montañita
 que se ve es Angels Landing. La subida va marcada por cadenas para que la gente no se caiga.

Cadenitas

Coqui subiendo ayudado por las cadenas

Cerquita de la cima.


Un descansito nunca viene mal.
Y llegamos los cuatro; ninguno se cayó.



 





Una ardillita que come en lugares y alturas extremos.


Tere, nuestra geógrafa, poniendo a prueba la gravedad y olvidándose
por un momento que no es inmortal y que si se cae, chau.


Disfrutamos de haber llegado y de la vista como una media hora y luego comenzamos a desandar todo lo andado. A veces resulta desafiante para las rodillas bajar, pero la felicidad que sentís por haberlo logrado, supera ampliamente cualquier otra cosa.










Llegamos abajo entre las seis y seis y media de la tarde. Bastante mugrientitos, pero felices. Yo además de feliz, terminé picada por una avispa maldita que  se le dio por atacarme la pierna izquierda tres minutos antes de llegar al final. Pero no me restó felicidad.






Tere, llegada.


El sabor de la victoria.
Realizados por la última hazaña, partimos de Zion, con Adele, Maná y Los Auténticos Decadentes como bandas sonora de nuestra victoria sobre la montaña. Cantamos (algunos corriendo riesgo de que le estallaran las cuerdas vocales) y disfrutamos mientras Rubén nos llevaba hacia el atardecer. Si algo recuerdo de esas últimas horas de sol en el auto es pensar: "Podría quedarme a vivir para siempre en este momento". Esta vida a veces nos sopapea, se nos ríe en la cara, nos hace llorar amargamente o  nos frustra sobremanera, pero hay momentos en los que "perfección" es el único sinónimo que tiene.






Cuando ya no quedaba ni un solo rastro de sol, llegamos a Las Vegas, compramos Café Río y nos fuimos al hotel a comer, acicalarnos y juntar fuerzas para volver a salir e introducirnos en un mundo menos santo del que veníamos. Diez y  media de la noche nuestros cuerpitos solo querían dormir, pero allá fuimos. Vimos aguas danzantes, luces, multitudes e imitaciones de la realidad por todas partes. Caminamos por el mundo esforzándonos por no ser del mundo.
Cuando Coqui se hizo millonario ($5.31 dólares)






Al otro día, domingo, mientras Coqui caminaba por el asfalto ardiente por unas horas, los otros tres fuimos a una casa de oración, comimos chilaquiles caseros y deliciosos, cargamos el auto con las cosas de Rober (la excusa de nuestro viaje) y temimos por el futuro de nuestra vida durante las seis horas de viaje que nos esperaban. Recogimos a Coqui y nos hicimos a la ruta.






A pesar del apretujamiento, fueron seis horas de gloriosas charlas en las que el mate no escaseó. Como ya es costumbre, nos turnamos para responder las 37 preguntas del New York Times, con la diferencia de que, por primera vez, ¡las terminamos! Bueno, casi; pero cubrimos todo lo que se podía cubrir cuando las preguntas se responden entre cinco, en vez de dos. También exploramos nuestro ser respondiendo a preguntas del tipo "Would you rather...?", como: ¿Preferirías quedarte ciego o quedarte sordo? ¿Preferirías no poder dejar de bailar o no poder dejar de cantar? ¿Preferirías ser pobre con muchos amigos o ser rico y no tener amigos? ¿Preferirías comer tu comida favorita por el resto de tus días o comer cada día una cosa diferente si poder repetir ninguna? Preguntas profundas y difíciles de responder.

Entre respuesta y respuesta, reflexiones profundas y risas, nos bajamos de la I-15 cerca de las once de la noche, satisfechos con las casi setenta y dos horas que acabábamos de compartir y con muchas ganas de que el público nos pidiera "¡Otra, otra, otra!", porque cuando uno pasa días tan lindos, solo quisiera que no se terminaran nunca.
Evidencia registrada en mi celular.

Como escuchamos tantas veces decir a Coqui durante su estadía, "Dios, destino, universo... como quieras llamarle", nos juntó y supimos aprovecharlo. No creo en las coincidencias, al menos no en mi vida. Todas las personas que llegaron a mí, llegaron por algo y para algo. A veces quisiera poder tener a todas todo el tiempo, pero no es posible; la vida continúa y nos va llevando a unos a unos lugares y a otros a otros. Sin embargo, el corazón siempre me queda un poquito más grande cada vez que llega alguien nuevo, con experiencias nuevas; y aunque se vaya, hay un lugar en mi corazón que siempre le va a seguir perteneciendo.

¡Salud!





lunes, 8 de agosto de 2016

Relato de cómo seis individuos llegaron a la cima de Mount Timpanogos

Protagonistas (en órden alfabético): CoquiJoséLilaRubénTere y yo

Este verano del hemisferio norte ha estado siendo uno de mucha actividad al aire libre. Durante el verano de acá, con tanta montaña cerca, me cuesta no querer pasarme todo el día afuera; así y todo, ejerzo el autocontrol, organizo mi trabajo y mis responsabilidades, y después me dedico a que mi cuerpo reciba toda la vitamina D posible.

Coqui, el hermano de Vero, está visitando Utah. De 26 años, originario de Entre Ríos, Argentina, es profesor de educación física y Licenciado en Psicomotricidad. Como amante de las aventuras al aire libre, ha recorrido mucho de Argentina en bicicleta y hecho mucha otra cosa aventurera; durante este año, y los que siguen, va a estar recorriendo diferentes lugares de las tres Américas. Ahora que está acá, obviamente está tratando de aprovechar todo lo que puede de lo que Utah tiene para ofrecer.

Hace poco más de dos semanas, un grupo grande de gente desconocida tenía la meta común de subir a Mount Timpanogos. Cualquiera que quisiera, podía sumarse. Siendo una oportunidad genial para hacer uno de los "hikes" más famosos de esta región (15 millas o 24 kilómetros ida y vuelta), Faby y yo subimos a Coqui al auto y tratamos de dar con el punto de encuentro de este grupo para depositar allí a nuestro amigo argentino. Con la mejor de las intenciones, pero muy poca suerte, fracasamos en el intento (gran parte del fracaso tuvo su origen en un evento de Facebook muy pobremente diseñado).

Un par de días después del fracaso, durante una tarde de domingo en el parque, Tere dictaminó: "Coqui no puede irse de Utah sin subir a Timp. Vamos a tener que acompañarlo". Durante los días que siguieron, uno de los temas principales de conversación cada vez que nos veíamos las caras era la subida a Timp. Durante los últimos 5 días, fue casi lo único de lo que hablamos: cuándo hacerlo, en cuánto tiempo hacerlo, qué llevar, qué no llevar, cuánto llevar, incluso enumeramos alguno de los temas sobre los que íbamos a hablar durante el camino. Leímos bastante al respecto y comentamos las historias personales o ajenas sobre la subida; una de mis preferidas es la historia de una de nuestras protagonistas, a quien se le cayeron las uñas de los pies por causa de la larga y ardua caminata (los curiosos pueden contactarme por privado para obtener más información al respecto).

Finalmente, pusimos fecha para subir el 4 de agosto. Esta es la historia de cómo sucedió.

El grupo casi completo (a José lo encontramos en la base del Timpooneke
Trail) momentos antes de salir hacia la montaña.





El jueves 4 de agosto a las 9:30 de la noche, cargados con mochilas pesadas (aunque nadie pesó la suya, yo diría que llevábamos un promedio de 9 kilos [20 libras] por persona) e iluminados con "headlamps" (linternas de cabeza), dimos los primeros pasos en el sendero angosto hacia la cima. Muchísima gente sale a la noche, aunque mucho más tarde, para llegar a la cúspide al amanecer. Nuestro plan era ir sin horarios e ir viendo sobre la marcha. Caminamos casi cuatro horas en busca de "la pradera", donde íbamos a parar para dormir algunas horas. El camino hasta la pradera lo hicimos prácticamente sin descanso y maldiciendo cada tanto las mochilas (algunos más que otros).






Tere (con esta misma cara
buscaba la navaja)
Después de unas horas caminando, Rubén, que iba liderando la excursión en ese momento, paró y dijo: "Ahí hay algo que se mueve. ¿Le ven los ojos?". Todos nos detuvimos, y empezamos a retroceder lentamente. Yo, con la valentía que me caracteriza en estos casos, me escudé tras Coqui, que además tenía una navaja en la mano. Apagamos las linternas e hicimos un voto de silencio por unos breves minutos. Lamentablemente, no todos lo respetamos por igual. Tal como la persona que en el clímax de la película de suspenso se pone a abrir un caramelo que parece haber venido con una combinación de 18 números que el interesado desconoce, Tere, en medio del silencio, se puso a buscar la navaja que Rubén había escondido súper bien en su mochila. Así, bien preparado para un caso urgente.



Por bendición, el tigre esperó a que Tere diera con el cuchillín para que la lucha no fuera (tan) desigual. "Está viniendo hacia nosotros", dijo Coqui. Miedo. Grito mental. No es un tigre, es un oso. Impotencia. Correr no nos va a servir de nada. Con la vista fija en el grupo, la pantera empezó a moverse hacia la izquierda. ¿Quién @!*?¿@!* nos manda venir acá?! El animal se sigue moviendo. Nos mira. Esfuerzo por controlar esfínteres. Es un alce. Capaz que sobrevivimos. Rubén empezó a animarse a prender intermitentemente la linterna. Quizá así el antílope se confunda y salga corriendo, ya que somos seis contra uno. La hiperventilación comenzó a disminuir. Capaz que es un perro. Prendemos las linternas. El recién revelado e indefenso ciervo nos mira con cara de: "¡Uh, loco! ¡Me dejan pastar tranquilo un rato!?". Cero fatalities. Continuamos la caminata.

Antes y después de esta experiencia, hubo muchos momentos de silencio como método natural para ahorrar la energía y el oxígeno que nos permitían avanzar. Esto, por supuesto, hasta que Coqui ingirió una banana poderosa que le provocó la verborragia que nos salvó del aburrimiento y el cansancio, y que nos entretuvo el tiempo suficiente para olvidar la pradera que no aparecía más. Cerca de la una de la madrugada, llegamos a nuestra tierra prometida: el hotel "mil estrellas" (© 2016 Coqui Wallingre) donde tiramos nuestras bolsas de dormir. Cada tanto, pasaba algún caminante o grupo de caminantes, algunos acompañados por perros, y uno que otro callando al resto de su grupo con un "Shhh" cuando descubría que había un grupo descansando.

Primeras luces a eso de las seis de la mañana.


Con los primeros vestigios de luz en el cielo, nos despertamos (la mayoría).

 
Coqui practicando golf con el selfie palito
 y Lila la remolona.
Lila, inmutable.

Cada parte de la caminata tuvo su encanto, pero qué grandioso descubrir las montañas a nuestro alrededor, los árboles, las flores y los colores, una cabra montés pastando a lo lejos, la inmensidad y majestuosidad del lugar donde unas horas antes veíamos poco más que millares de estrellas.



José metidando en la noche de frío intenso que acababa de pasar.

Rubén tirando facha.
Lila seguía sin dar la cara.




Pinos parecidos a los que nos sirvieron de baño natural.

En medio de la naturaleza y gracias a un milagroso y barato invento de hombre, preparamos unos amarguitos para empezar la jornada. 


El amarillito nunca falla.
Aquelarre.

Tranquilos y sin nadie que nos apurara, retomamos la subida a las 8:30 de la mañana, esta vez con luz y un claro panorama de lo que teníamos por delante y a los costados. 










Unas horas después, con breves paradas en el medio para disfrutar como se debe de la vista, llegamos a "The Saddle", el último descanso natural antes del tramo más desafiante, física y mentalmente, que lleva a la cima. Ahí tomamos un buen descanso, comimos algo, nos hidratamos, tomamos unos segundos mates, algunos hicieron FaceTime con su familia en México (no me pregunten cómo es que hay señal allá arriba, pero la hay) y hasta disfrutamos de la hermosa escena de unas cabras de montaña cuyo paso fue torpemente interrumpido por bípedos humanos desesperados por sacarles fotos. 






El último tramo de subida es más peligrosito, con precipicios por doquier y con poca roca de la que sujetarse a medida que vas subiendo/trepando. La llegada a la cima es increíble. No hay mucho lugar para moverse, pero hay lugar de sobra para el asombro, para el agradecimiento por una creación tan maravillosa, para la profunda gratitud por un cuerpo que te pueda llevar hasta arriba, más allá de cuánto demores en llegar. Algún que otro integrante del grupo hasta se echó una siestita.

Coqui siesteando.



Tutti insieme.







La bajada fue, en mi opinión, magnificente. A pesar del cansancio y de las varias horas que nos quedaban de descenso, el descubrir nuevas vistas por la perspectiva diferente, te llenaba el corazón de felicidad. El saber que acabábamos de "conquistar" Timpanogos, nos hacía sentir que podemos hacer cualquier cosa. No es que de repente me crea que subimos el Everest, ni que luchamos con cocodrilos, ni que domamos un unicornio salvaje. No es eso. Es el logro de haber hecho algo difícil, pero que valía la pena; el haber vencido el cansancio, el habernos repuesto al agotamiento de llevar, cada uno, un muerto en la espalda. Es el testimonio renovado de que con la compañía de amigos, de gente querida, de buena charla, de buen sentido del humor, de una oración en el corazón, de la confianza en un Ser más grande que cada uno por separado y también que todos juntos, todo en esta vida se puede. Todo.

La bajada fue larga, con un descanso de 10 minutos y alguna que otra interrupción de gente sorprendida por el acento argentino del integrante entrerriano del grupo. La bajada estuvo colmada de tobillos que se torcían una y otra vez, choques contra las rocas que parecía que nos iban a imputar los diez dedos de los pies, alguna nariz sangrante, rodillas que pedían a gritos que llegáramos a la base o iban a explotar, cachetes rojos por el sol y el entusiasmo de la meta cumplida, y una urgencia descomunal por llegar al auto que nos llevaría (casi) directo a la cama. Pero llegamos.

Base.

De José nos despedimos en la base; a Coqui lo tiramos por Wymount, previa pasada por un "drive-thru" que le proporcionara las múltiples hamburguesas que su cuerpo requería; a Lila la dejamos en casa para que continuara la siesta que empezó a los dos minutos de subida al auto; Tere, Rubén y yo nos premiamos con Café Río y horchata, y después hicimos taza-taza. Yo fui la última en depositarme en mi morada una vez repartidos los cuatro paquetes que llevaba en el auto. Me bañé y antes de que nos quedáramos sin luz afuera, ya estaba charlando con Morfeo.

Para los que conocen Timpanogos, googléenlo, porque yo no estoy como para ponerme a ver cuál es el mejor sitio web. :)

martes, 7 de junio de 2016

Fabiana

Octubre 2015 - Mientras yo le cuidaba la casa y los gatos a mi abuela del corazón, Raquel, Faby se fue hasta Herriman para extrañarme menos y hacer compañía. 

Para los que no la conocen, esta es Fabiana Pérez, Faby para los amigos, Valeria para los desconocidos. Nos conocimos en 2013, durante mi breve regreso a Uruguay, cuando fue un par de veces a casa a trabajar en mi cabellera. Faby es una estilista súper top que antes trabajaba en los canales de televisión uruguayos peinando gente famosa y que ahora está disfrutando del pico máximo de su carrera experimentando con mi cabellera (o lo que queda de ella) tiempo completo. Este ascenso lo obtuvo gracias a que vive bajo mi mismo techo desde fines de agosto 2015. Qué bien me hace sentir saber que la estoy ayudando a progresar de esta manera.

Yo le pago en especie: le hago arroz con leche, zucchinis rellenos, tartas de tipos varios, licuados exóticos, a veces le lavo los platos, le doblo la ropa que quedó en el secarropas, le cuelgo lucecitas blancas en la habitación, le canto mientras toco el ukelele (como puedo) o la deleito con un karaoke unimembre de los últimos hits de Justin Bieber, Adele y Sia.

Faby es como mi mamá: me festeja y aplaude todo lo que hago, me vive diciendo que todo lo que cocino es delicioso, que todo lo que canto me sale precioso, que cómo he progresado desde el primer día que me escuchó tocar el ukelele. A veces la pesco filmándome (seguramente está preparando un montaje para chantajearme el día que deje de cocinarle) y casi siempre termina la grabación diciéndome: "¿Cómo no quererte?". Faby quiere fácil.

Con Faby nunca te quedás sin tema para charlar, no sé cómo, la verdad. Pero es así. Hemos sabido sentarnos en el living a las diez de la noche para contarnos cómo fue nuestro día y terminar hablando de bueyes perdidos. Y a mitad de camino, como a la una de la madrugada, cuando hace una hora que habíamos empezado a decir que "Es tarde, che. Vayamos a acostarnos", por ahí hasta encontramos a los bueyes que se nos habían perdido. Y cuando nos queremos acordar, nos trasladamos a mi habitación, donde me ayuda a ponerle sábanas limpias a mi cama y empezamos un debate acalorado porque ella me dice que mi cama es de plaza y media, y yo le digo que está completamente equivocada porque es de dos plazas, y entonces le empiezo a tirar las medidas de los diferentes tipos de camas, pero ella me sigue porfiando con que mi cama es de plaza y media. Y a esa altura, ya dieron las dos y media y terminamos muertas de la risa porque a quién le importa de qué tamaño es mi cama con la hora que es. Faby es cabeza dura y le cuesta dar el brazo a torcer (muy parecida a la que escribe, por cierto).

La vida con Faby es divertida y sumamente agradable. Dejando los chistes de lado, Faby vale oro en polvo y paso a explicar el porqué.

Las dos razones principales por las que está dispuesta a que yo le pague en especie por los servicios que le presta a mis rizos castaños son, primero, el amor que tiene por lo que hace, por la profesión que desde chica soñó tener y que ahora hace de mil maravillas; y, segundo, porque Faby es servicial y sumamente poco egoísta. Faby se interesa sinceramente por sus amigos y lo demuestra con lealtad, cariño y actos de servicio espontáneos, como se ve en estas fotos:


ocasiones en las que, tras haberse levantado y salido de casa antes de que yo amaneciera, me dejó listo el mate. ¿Quién hace eso? No muchas personas.

La razón por la que Faby me festeja y aplaude todo lo que hago no es por el talento desorbitante que poseo. Nada más lejos de la realidad. Es porque le gusta hacer sentir bien a los demás, porque hace caso omiso de todas las notas a las que le erré y se centra en la única a la que le pegué. Sabe disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, y si ve un poquito de bueno en algo o alguien, lo agradece, se alegra, sonríe y ríe, y a veces hasta se pone a saltar. Ejemplo en cuestión, las foto a continuación:

Faby expresando sus sentimientos por la tarta de choclo que le puse en frente. Una tarta como cualquier otra. Y aun así, ella feliz.
.
Faby no se queda hasta cualquier hora de la noche charlando con vos porque no tenga nada mejor que hacer ni porque nunca tenga sueño (lo cual durante un tiempo sospeché). Se queda hasta cualesquiera horas porque le interesa escucharte, porque le interesa tu vida, porque se alegra de tus logros y quiere saber todos los detalles; se queda todo lo que tenga que quedarse porque le interesa enterarse de tus dolores y se esfuerza por consolarte, o por lo menos acompañarte, ayudarte a ver el lado positivo del dolor, de la prueba, y porque sabe que a veces la gente simplemente necesita hablar y que alguien se muestre interesado en lo que tiene para decir. No es poca cosa. 

Hace unos meses le conté de mi preocupación por llegar a la vejez sola. "¿Quién me va a cuidar cuando sea vieja, me querés decir? Felipe, Emilia y Paula seguro van a estar cuidando a Esteban y a Vero, así que con mis sobrinos no puedo contar". A mi perorata sobre la vejez y la soledad me respondió con un dulce "Vos quedate tranquila que yo te voy a cuidar". 

Faby tiene un corazón agradecido. Es feliz con poco y agradece desde las cosas pequeñas, como la bendición de estar sentada a la sombra de un árbol durante un día soleado, y reconoce las cosas grandes también, como el sentir el amor de un Padre Celestial que la cuida y nunca la olvida. 

La vida con Faby vale la pena. 

***Solteros interesados, tengan la bondad de contactarme por privado y sabré reservarles un lugar en la ocupada agenda de nuestra estilista preferida.