domingo, 11 de agosto de 2013

Llegué

Sí, sí, llegué. El jueves a la tarde, sana y salva. Fue un buen viaje, a pesar de mi característica imposibilidad de dormir en medios de transporte. El tramo más largo lo hice junto a un gentil caballero que se ofreció a ayudarme con mi valija-biblioteca ---que casi me deja sin espalda--- y que no me dio charla durante el viaje, cuestión indispensable para que mi viaje sea disfrutable. El segundo tramo hubiera pasado sin pena ni gloria de no haber sido que estuvimos a punto de morir estrellados porque el nabo del piloto quiso aterrizar sin tener permiso para hacerlo y tuvo que volver a remontar vuelo para la intranquilidad de sus pasajeros. Y finalmente, el último tramo fue un precioso viaje tranquilo en el fitito de los aviones; era algo así como un Plaza o Costera con alas.

Dos cosas hicieron el viaje más ameno. 1) La lectura de Divergent, regalo de Michelle para mi cumpleaños (que todavía no fue) y 2) la experiencia en migraciones. Fue sumamente placentera, cosa que me dejó perpleja debido a mis funestas experiencias pasadas. El cordial agente ante quien presenté mis papeles no sólo me sonrió ---el año pasado la mujer que me atendió poco más que me escupió---, sino que además he called me "young lady", me deseó buena suerte en los estudios y me dio un par de consejos. Para mí que era un ángel. Posta.



Una vez que hube pisado suelo salt-lake-citycense, me recibió mi abuela postiza, Raquel. Todos deberían tener una abuela-postiza-Raquel. Seis años atrás, durante épocas difíciles, dedicó horas y horas a contestar mis e-mails; sus palabras no se limitaban a ser inspiradoras, sino que eran inspiradas; me sirvieron de consuelo y me dieron esperanza. Desde ese entonces, se ha convertido en una abuela y amiga que me hace sentir más cerca de casa aunque esté a miles de kilómetros.








Hoy fue un precioso domingo, de principio a fin. Leí tranquila durante la mañana y volví a sentir la confirmación inconfundible de que el libro que leía es un libro inspirado, escrito por profetas de Dios. Es muy genial que el Padre se comunique con nosotros, hablándonos a la mente y al corazón. Ojalá todas las personas tuvieran la fe para darse cuenta de que Él nos escucha y nos contesta. De 11 a 14 fui a la capilla, me saqué las ganas de cantar y hasta participé en la clase de Escuela Dominical: cuando el maestro preguntó cuántas veces se le apareció Moroni a José en la misma noche dije "Three".






La tarde estuvo llena de charla, "barbecue" (nuestro asado), calorcito y descubrimientos. Yo ya sabía que mi talento era sin par; sin embargo, esta tarde, lavando lechuga y admirando los tomatitos cherry caseros de la huerta de Raquel, me di cuenta de que el aire montañés claramente le hace bien a mis pulmones y está potenciando mi don natural para el silbido. Es así que esta noche de domingo que está a punto de terminar me despido de ustedes y los dejo con un silbido dominical inspirado en el número musical que formó parte de la reunión sacramental de hoy: un arreglo para piano y viola de "Secreta oración".



Herriman al atardecer.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La partida por partes

A mí no me gusta lo convencional y me fascina tener historias copadas para contar, así que no me quedó otra que pedir que cancelaran el vuelo de anoche y que me pusieran en el vuelo de hoy miércoles 7 de agosto. Igualmente, para hacerla del todo bien, primero hice el “online check-in”, me conseguí un buen lugar, despaché mis bultos, pasé por migraciones para que me sellaran el pasaporte y en la cola me encontré con Roberto Giordano (el de “No me peguen, tengo un grano”), subí a la avioneta y me senté al lado de Eduardo Strauch (sobreviviente de la tragedia de los Andes), salimos a dar una vuelta de 360 grados en aeroplano y volvimos a la Puerta, donde volvieron a conectar la manga y nos tuvieron dos horas y media esperando que se solucionara un problemita mecánico; finalmente desabordamos el avión y deshicimos todo lo hecho. Me sentí como Chris Martin en el video de “The scientist”. Sea como sea, agradezco al responsable piloto que decidió no sacarnos a volar mientras la aeronave no funcionara a la perfección. Como comentábamos con Edu, es mejor que te cancelen un vuelo antes que estrellarte y quedarte varado en medio de los Andes.

A todo esto, mucha cosa buena se desprendió de mi paseíto de anoche, a saber:


  • Mis oraciones fueron contestadas y no viajé en un avión que corría peligro de realizar un descenso con la nariz apuntando al piso.
  • Eduardo Strauch, sin conocerme previamente, se unió a la gente querida que me concedió mi deseo de cumpleaños. A algunos familiares les pedí que para mi cumpleaños (que festejé por adelantado) me regalaran un libro. Mi compañero de asiento me regaló un ejemplar de su libro Desde el silencio: Cuarenta años después, que publicó en diciembre de 2012. ¿Qué me contuchi? 
  • Dormí horizontalmente y disfruté algunas horas más con mi familia. 
  • Fui una última vez al Templo de Montevideo antes de volver a emprender la retirada.
En conclusión, valió la pena la partida por partes.


martes, 6 de agosto de 2013

Llegó el día

Llegó el día de mi partida hacia nuevos rumbos y tengo la impresión de que corresponde terminar con un “postcito” que luego dé lugar a una producción más prolífera, prominente y profesional (porque prometo publicar más proactivamente en el futuro próximo).

Hace unos días Vero (mi cuñada) trajo a colación un momento bisagra en la historia de la humanidad (creo). Hoy es uno de esos momentos en la historia de esta humana. Ya he tenido varias de esas ocasiones, pero, como nos pasa a todos, muchas de esas ocasiones las reconocí cuando fue pasando el tiempo. Este 6 de agosto es especial porque es producto de mi volición, porque es algo que elegí conscientemente, tras mucho ayuno (pero más desayuno) y oración.

Me gustaría seguir escribiendo más, pero lo dejo para más adelante. Hoy sólo quería escribir algo que haga las veces de fin de capítulo para empezar el nuevo con más propiedad.

Me despido ahora, pero no por mucho tiempo. Para que se entretengan, los dejo con algunas de las fotos más feas que hemos sacado en los últimos tiempos. Sí. No dije mal. Las más feas, porque de las más lindas vemos todo el tiempo.


miércoles, 8 de mayo de 2013

La levedad del ser... o no ser... depende o.O




Una vez más, inspirada por escritos de la infancia, aquí me pongo a escribir, al compás de mis ideas. Acabo de leer una entrada del 19 de febrero de 1993, cuando tenía ya nueve años y medio. Al parecer, al encontrarme en la mitad exacta de mi trayecto entre los nueve y los diez años, no sabía bien dónde ubicarme: ¿más cerca de los nueve o más cerca de los diez? El día que incluya un índice alfabético al final de este diario con los temas que traté a lo largo de él, sin duda voy a incluir la palabra indecisión (speaking of paradojas) y la entrada de aquel 19 de febrero va a aparecer ahí.




Para ir entrando en tema, y a modo de justificación de ese día poco asertivo de mi vida, todos pasamos por días o épocas de dudas, días en que no logramos “make up our minds” para tomar decisiones definitivas.

Recuerdo que 2010 (creo) fue un año particularmente dubitativo durante varios meses. ¡Qué manera de sufrir, madre santa! Me acuerdo que pasé un tiempo considerable debatiéndome entre los diferentes destinos que podía darle a mis ahorros. A mis casi veintisiete o veintisiete recién cumplidos, había muchas cosas de mi futuro que eran totalmente inciertas, y eso me estresaba. En general siempre necesito hacer planes, aunque después no los lleve todos a cabo; si no los tengo, siento que voy donde me lleve el viento y que la vida pasa en vano. Los planes me ayudan a sentir seguridad y le dan propósito a mis días. La cuestión es que aquellos meses me faltaba esa seguridad, básicamente porque no sabía para qué lado agarrar.

Saber qué hacer con mis ahorros me parecía crucial en ese momento para seguir avanzando en la vida. Pensaba, meditaba, sopesaba mis opciones, imaginaba lo mejor y después me acordaba que lo peor también podía suceder. Algo así como: Sigo viajando. Pero ¿y si me quedo sola por el resto de las eternidades y tengo que bancar todos los gastos de una casa yo sola for ever and ever? Mejor empiezo a invertir en una vivienda. Voy a tener que renunciar a los viajes por un tiempo, porque por más genial que sea la relación con mis padres, todo tiene un límite, quiero vivir sola. Mmmmjjj. No, soy joven todavía. Tengo tiempo. Además empezar a comprar algo en La Plata, me va a atar a este lugar, y no quiero atarme a ningún lado todavía. Pucha. Me compro un auto, viajo por Argentina y otros lugares no muy lejanos, tengo más libertad, ahorro tiempo en algunas ocasiones y además me lo merezco. Pero la verdad es que no es como que realmente lo necesite. Además, si me compro auto, es un gasto importante extra todos los meses, lo cual implica menos viajes grandes, menos posibilidades de invertir en un inmueble, menos libertades en otros sentidos. Bueno, mejor espero y mientras tanto sigo ahorrando...

Y así pasaban mis días. Agotador. Aunque no se trate de problemas ni de asuntos de vida o muerte, a uno le quita energías eso de no saber hacia dónde debería dirigir sus esfuerzos. Lo de los ahorros es sólo un ejemplo.

Lo importante es no dejarse abrumar por la situación, ser felices igual y seguir disfrutando de la vida hasta que vuelvan las épocas de certezas que tanto buscamos y esperamos. Eso es lo que aprendí de esta entrada, colmada de oscuros destellos de certera sabiduría infantil.

Y dice así:

Transcripción sic.:
Hola: 
Hoy no se si decir Hola! u Hola, entonces dije Hola por las dudas. Bueno como dije no es un día: bueno ni tampoco malo. Es un día mitad y mitad, bueno y malo. Como todos los días tuve una pelea con Esteban. En realidad, no se si mamá y papá están enojados con nosotros o no. Pero creo que un poquito si. Igual estoy muy feliz. Por otro lado estoy un poquito no mucho, como les decía triste. Sabes por que? porque porque dentro de 5 meses nos vamos a Uruguay porque terminamos lo Misión Argentina Rosario. 
Bueno te tengo que dejar. 
CHAU


Día complicado aquel 19 de febrero de hace 20 años (whaaat???). Me hace pensar en este poema de Benedetti:




                                                                                               
Viceversa


Tengo miedo de verte 

necesidad de verte 
esperanza de verte 
desazones de verte 

tengo ganas de hallarte 
preocupación de hallarte 
certidumbre de hallarte 
pobres dudas de hallarte 

tengo urgencia de oírte 
alegría de oírte 
buena suerte de oírte 
y temores de oírte 

o sea 
resumiendo 
estoy jodido 
y radiante 
quizá más lo primero 
que lo segundo 
y también 
viceversa.

lunes, 6 de mayo de 2013

La culpa la tiene Andrea Del Boca

Hace ya un par de meses empecé a desayunarme amargamente de que mi cabeza ha dado en ser el esquivo receptáculo de algunos cabellos emblanquecidos. (Repudio el término “canas”.) He estado tratando de encontrar la inexplicable causa de tan funesta realidad, pero todavía no logro dar con ella. Buscando respuestas, se me han ocurrido algunas posibilidades.

Se me ocurre que podría ser culpa de la genética, pero esta posible causa me deja deshauciada. Si la genética está en medio de todo esto, en cinco años me quedo pelada. 


Sigo pensando y no me conformo con que los cabellos platinados se deban a mis escasos 29 años de tránsito por esta vida. 29 es número de ñoquis, número impar, número primo, pero me niego a que sea número sinónimo de canas. No es justo. 


También se me ha cruzado la idea de que quizá esté pasando mucho tiempo en el templo y que, como consecuencia de eso, esté lentamente convirtiéndome en un ser celestial. Esto también me preocupa: no estoy psicológicamente preparada para que el espejo me devuelva la imagen de una Berenice con cabello celestial. Me quedo con mi cabello telestial. Thank you very much. 

Sea como sea, esta preocupación excesiva por el inminente blanqueamiento de mi morocha peluca, me llevó a querer contrarrestar esta realidad con la lectura de mi primer diario personal de la niñez. Por ahí, quién te dice, el pelo está tan cerca del cerebro que capaz que, si revivo los recuerdos de la niñez, el cerebro le manda algún mensaje claro y directo a mi cuero cabelludo, y éste, habiéndose puesto el poncho y habiéndole quedado, deja de producir cabelios faltos de pigmento.





La cuestión es que me puse a leer mi primer diario personal, regalo que recibí para mi octavo cumpleaños. Me lo regaló una misionera: la hermana Graneros, el día de mi cumpleaños, después de mi bautismo. En esa época vivíamos en Rosario (Provincia de Santa Fe, Argentina). A pesar de que cualquiera podría leerlo de tapa a tapa en menos de una hora, este diario es uno de mis recuerdos y registros más preciados. Leyéndolo tantos años después, percibo la sinceridad característica de los niños. Me encanta leerlo porque vuelvo a sentirme de ocho años, porque revivo momentos hermosos, vuelvo a recorrer la vida cotidiana de una personita con poca experiencia, experimento de nuevo tantos sentimientos: algunos muy básicos, otros demasiado rebuscados. 





Leyendo el diario, recordé que, en algún momento entre los siete y los ocho años, adquirí en forma autodidacta la costumbre de mirar novelas... a escondidas. A mi madre no le gustaba que yo mirara novelas, así que no me dejaba hacerlo, pero evidentemente encontraba la manera de prender la tele sin que se diera cuenta. Miré tantas de chiquita que ahora de grande no las soporto mucho, cosa que jamás hubiera imaginado, not even in my wildest dreams, sobre todo por la adoración que me provocaba Andrea Del Boca. Por ATC, miré la retransmisión de Andrea Celeste y me sentí identificada con ella (seguramente haya sido por su larga cabellera rubia y ojos celestes); después también vi Celeste, siempre celeste, Antonella, y vaya uno a saber cuáles otras. La culpa la tenían mis padres, por supuesto. Si ellos hubieran accedido a poner cable, yo me hubiera dedicado a mirar la programación de The Big Channel, como le correspondía a un ser humano de mi edad; pero no, se negaron y con eso me obligaron a mirar “cosas de grandes”.


Asumo que tanta ficción telenovelesca fue especialmente perniciosa para mi tierno espíritu, porque el domingo 2 de febrero de 1991 (a los ocho años y medio) la realidad que me aplastaba me llevó a escribir esto: 

Transcripción sic.: Hoy el día me parecio un poco feo. Porque yo pienso que no soy de la familia y que que me compraron me sacaron de un un un Acilo y que yo soy huerfana. Yo por más que me digan que yo soy de la familia me pongo triste y pienso que mis padres verdaderos no me aseptaron cómo su hija y que me dejaron pero yo pienso que me tengo que olvidar de todo y saber que mis padres verdaderos son los que tengo ahora y los que tuve siempre y yo espero que los mis padres verdaderos sean ellos porque yo los quiero tanto que no se como explicarlo. Bueno si yo sigo esc escribiendo me pongo peri peor porque me di cue cuenta de que ellos son mis padres verdaderos y no puedo explicar cuanto los quiero y los adoro y los admiro. Bere.
Claramente los ocho me habían pegaron con todo. Esta entrada en el diario fue una especie de mezcla entre culebrón de la tarde con el salmo de Nefi: como que al principio estoy a punto de rasgarme las vestiduras, hasta que logro ver la luz y llego al final feliz. 

Sea como sea, aunque no sé si esto de revivir la niñez evitará el avance del enemigo en mi cabellera, por lo pronto voy a seguir probando. Seguramente esta semana estaré compartiendo algún que otro hallazgo de sabiduría pueril. Trataré de que lo que comparta sea menos dramático que el capítulo de hoy. Ya veremos...





lunes, 22 de abril de 2013

Oda a los lunes

Después de una semana bastante acerba (mejor conocida como "semana de miércoles"), agradezco esta nueva semana.

Por lo general, amo los lunes. No quiero hacer demasiado alarde de este amor, porque sé que el 95% de la población terrestre los odia con pasión. En el pasado estuve en sus zapatos, así que los entiendo. Yo también odié los lunes, y el odio que llegué a sentir era tan intenso que impregnaba varias de las últimas horas del domingo. Creo que también tuve épocas en que los lunes me fueron indiferentes y pasaban sin penas ni glorias, y se iban de la misma forma en que habían llegado: inadvertidos. Sea como sea que haya sido en tiempos pretéritos, actualmente me encantan los lunes.

Como no padezco el terrible mal que vilmente acecha a la mayoría de los seres humanos laboral o estudiantilmente activos, los lunes y yo solemos llevarnos muy bien. Reconozco que el no tener que salir de mi casa antes de las 9 de la mañana ayuda sobremanera.

Suelo entender los lunes de dos formas. A veces los interpreto como una maravillosa nueva oportunidad de repetir una semana tan genial como la anterior (ponele). Otras, los veo como una misericordiosa segunda oportunidad para hacer las cosas diferente, probar nuevas estrategias y salvar mi buen nombre de la que en ocasiones es mi peor enemiga: moi.

La semana pasada fue fatídica. Creo haberme dado cuenta de que lo funesto de la semana se debe a que empezó mal antes de siquiera empezar. Algo así como recuerdos del futuro: el sábado de noche supe con desgraciada certeza que el lunes sería difícil de remontar.

Allá estaba yo, el sábado 13 de abril, amaneciendo a las 7:50 de la mañana, sin despertador (soy re top). El sol entraba por la ventana, afuera era un día hermoso y tenía (casi) todo el día por delante. El día anterior (viernes), el carácter fiestero que me ha invadido en estas más recientes épocas de mi vida se apoderó de mí y me quedé trabajando hasta muy tarde. Por eso, me sentí en todo mi derecho de pasarme la mañana entera acostada, leyendo plácidamente... y leer plácidamente acostada fue lo que hice (y terminé este libro.) Me dediqué a no pensar en nada más que en lo que estaba leyendo. Tenía la sensación de que tenía que fijarme si tenía algo de trabajo para entregar el lunes, pero me pareció que no era necesario, porque tenía todo el día por delante. Después de almorzar, la hora se me vino encima y tuve que apurarme a prepararme porque a las 15:00 unos amigos entraban al templo por primera vez y se sellaban. 14:27 salí para el templo, 14:30 llegué; 20:15 salí de "el castillo de Moroni", como se le ha escuchado decir a Feli (mi sobrino mayor, de tres años). La obra vicaria me mantuvo entretenida parece. Llegué a casa muerta de hambre y con ganas de tirarme en el sillón a ver tele, y Michelle me ayudó a satisfacer mis necesidades.





Debería haber revisado mi correo y haberme fijado qué era eso que me daba la sensación que tenía que entregar el lunes... pero estaba cansada y no supe ver más allá de la comida y la tele. Típico. Cuando estaba por dar la medianoche y estaba en la misma posición que a las 7:50 de la mañana, me pareció prudente abrir mi correo del trabajo y verificar qué tenía que hacer el lunes.








Tan luminoso que había empezado el día... en dos segundos se puso todo negro. Tenía una traducción de 3100 palabras para entregar a las 11:00 de la mañana. Y los domingos no trabajo, mucho menos si la razón por la que tendría que trabajar es mi sola estupidez humana. Hice un cálculo rápido y concluí que, como tarde, el lunes tenía que levantarme a las 5:00 de la mañana. Great!



Y así fue cómo empezó mi semana fatídica. Lunes y martes trabajé lo que una persona normal trabaja en cuatro días; el miércoles amanecí tempranito para cumplir con una entrega y a las 11:30 ya no podía más con mi cuerpo y la mayoría absoluta de mi neuronas se había declarado en huelga. El agotamiento cerebral que tenía no tiene nombre. De jueves a sábado, el exceso de productividad de los días anteriores tuvo como resultado una improductividad casi absoluta, con altas cuotas de culpabilidad por dicha irresponsabilidad y cansancio (además de otras cuestiones que surgen cuando uno está con las defensas anímicas bajas), y profundos sentimientos de falta de propósito en la vida. A veces es complicado trabajar todos los días de tu vida en tu casa.

Y ayer domingo, cuando sonó el despertador a las 8:00, toda la semana que traía encima me aplastaba como una manta de hierro. A pesar de todo, media hora después, tras mucho esfuerzo neuronal, salí de la cama y me preparé como corresponde. La razón por la que voy los domingos a la Iglesia pesa mucho más que una manta de hierro.

El domingo de ayer fue uno de los más renovadores y sanadores que he experimentado en los últimos tiempos. Empezamos con una clase preciosa que dio una madre dulce, joven y dedicada. La clase se centró en este pasaje de Salmos, que primero me hizo sentir vergüenza de ser "escudriñada" por un Dios que me ama y conoce mi potencial; pero al final de la clase terminé de entender y de abrir mi corazón para recordar que Él me puede "guiar por el camino eterno".  A la hora de la Escuela Dominical me toca dar una clase a mí para dos hermosas y valiosas mujeres que se están preparando para entrar al templo. Pocas veces he sentido con tanta claridad la confirmación de las verdades eternas como dando estas clases. Me hace feliz. Y por último, como broche de oro, la reunión sacramental fue lo que necesitaba para dejar atrás lo malo de la semana anterior y volver a empezar, a lo Alejandro Lerner.

Y así es como días lunes como éste amanezco con ganas de "cantar la canción del amor que redime", y vuelvo a amar mis rutinas, vuelvo a sentir la fuerza para hacer lo mejor que pueda durante estos siete días, vuelvo a ser feliz con las pequeñas y las grandes cosas. Y entonces me dan ganas de gritar: ¡Por muchos lunes más!... pero elijo callarme y no gritar nada, porque ya siento a todos los "Monday-haters" apuntándome con sus hondas.





miércoles, 10 de abril de 2013

Cada cosa en su lugar


El año pasado leí Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany's), de Truman Capote. (Hace unos meses, durante una mañana de labor culinaria en la cocina, vi la película. Hollywood, oh, Holloywood, siempre pintando la vida de rosa. Me encanta. Debo reconocer que me gustó más el final de la película que el final del libro. Me estoy yendo de tema.) La cuestión es que el libro me gustó mucho; me gusta Capote, escribía interesante. Aunque no me sentí identificada con prácticamente ninguna de las peculiaridades de sus personajes ni de sus realidades, me quedaron grabadas las palabras de Holly, la protagonista (Audrey Hepburn en la película). Sin expresiones ni términos rebuscados, explican lo que vengo sintiendo hace ya varios años:



Recuerdo que lo leí mientras esperaba el micro, en la parada del 307, en la esquina de casa, frente a Parque San Martín (exacto: tengo un talento único para recordar detalles banales que no sirven para nada). Y me encantó lo que leí, no por haber descubierto la pólvora, sino porque la genialidad de la frase radica en la descripción acertadísima de mi filosofía de vida durante los últimos años, filosofía de vida que adopté prácticamente sin querer.

Hace seis años, TODO cambió, como bien dijo Camila. Y cuando cambió la realidad que conocía, empecé un camino que me trajo hasta donde estoy hoy, hasta la Berenice actual; y estoy bastante segura de que acá es donde tenía que llegar. (Mátenme: una cosa fue llevando a la otra, perdí el control de la situación y estoy escuchando Coleccionista de canciones.) 

No me distraigo más.  

Durante los últimos seis años he estado buscando mi lugar en el mundo, literal y metafóricamente. Literalmente porque empecé a sentir que mi estadía en La Plata tenía fecha de vencimiento. Uno llega a amar los lugares donde vive, donde hace historia, donde crea lazos; uno deja parte de su corazón en los lugares donde rió, lloró, gritó, se enamoró y se desenamoró. Pero a muchos nos pasa que sentimos que nuestro corazón no pertenece a un solo lugar, independientemente de cuán profundo lleguen las raíces que crecieron en esa tierra. Así que empecé a buscar literalmente mi lugar en el mundo; no sabía exactamente cuál era, pero sí sabía que no estaba en La Plata. Al mismo tiempo, empecé a buscar ese lugar metafóricamente. Tengo la convicción de que todos tenemos misiones particulares, misiones que se adaptan a nuestros talentos, a nuestros dones, a nuestra personalidad y a nuestro potencial. Y yo necesitaba encontrar ese lugar, un lugar donde pudiera seguir creciendo (no físicamente, por favor), un lugar donde sintiera que estoy progresando y cumpliendo con el propósito y la misión para la cual fui creada. 

Y desde que empecé a sentir que tenía que buscar mi nuevo destino, sin querer empecé a querer no poseer nada hasta que no encontrara un lugar en donde yo estuviera en mi lugar y las cosas estuvieran en el suyo. Así que, a pesar de mis copiosos 29 años, en estos últimos tiempos no he acumulado mucha cosa material; sólo tengo las cosas que puedo llevar conmigo a todas partes: mi computadora, libros, algo de ropa y unos cuantos frasquitos bastante caros con agua bendita que huele divinamente). 

Así y todo, hace casi dos años compré este cuadrito. 

El cuadrito se lo compré a un pintor que tenía un puesto en Pike Place Market, en Seattle, WA.


Me enamoré de la pintura. Me enamoré de la escena que pasaría a ser símbolo y recuerdo futuro de uno de los mejores viajes que he hecho. Este cuadrito me recuerda la época en que sentí que los cielos empezaban a abrirse, a mostrarme con más claridad el camino, mi camino; la época en que empecé a encontrarme, haciendo un esfuerzo deliberado por buscarme, por descubrirme, por entender mi esencia y por actuar en consecuencia con lo que descubría y entendía. 

El cuadrito nunca lo colgué, pero cada tanto lo miro. Interpreto mi decisión de no colgarlo como una manifestación silenciosa de no ponerme muy cómoda en ninguno de los lugares pasajeros donde he pasado los últimos dos años, desde que lo compré. Pero tomé la determinación de que, en agosto, voy a empezar mi nueva etapa colgándolo; necesito descansar, al menos por dos años, de esta búsqueda de un hogar para mi alma. Sin embargo, a la que nunca voy a dejar de buscar, y que pretendo seguir redescubriendo, es a mí, a Berenice, porque donde me pierda de vista, la quedo. Si me descuido, todo pierde sentido.

Traveling solo (wait for it)