martes, 4 de agosto de 2015

Lo que creo

A fines de junio compartí 27 horas de corrido con dos queridos amigos, Rubén y Tere (que rima con Bere, gran parte de la razón por la cual somos amigas). Durante esas 27 horas hubo muy pocos momentos de silencio, hazaña de la que no cualquiera puede hacer alarde. Como se imaginarán, en 27 horas entran todo tipo de conversaciones sobre innumerable cantidad de temas, los cuales pueden ser tratados con una interesante variedad de profundidad.

¿Alguna vez grabaron un video con el celular y quisieron mandarlo a un hermano/hermana/amigo/amiga/almacenero/almacenera y les apareció un cartelito que decía que el video era demasiado largo para mandarlo y que tenían que seleccionar sólo una parte de él? Cada vez que me pasa (que no es muy seguido igual), me frustra, porque a mí me gusta compartir todo, y si no puedo compartir todo, entonces mejor no comparto nada. De todos modos, siempre encuentro la manera de hacer la frustración a un lado y decidir qué parte me parece la más memorable y digna de compartir. Nuestra larga charla es como uno de esos videos que querés compartir enteros pero no se puede. Lo bueno es que en este caso no me frustra demasiado el no poder compartir todo, porque más allá de que le resultaría tedioso al bondadoso lector, esta vez sí me resulta fácil elegir mi parte preferida. Las últimas tres horas del viaje, las que pasamos viendo el amanecer y recibiendo un nuevo día, fueron definitivamente las mejores.

Hace varias semanas hubo mucho revuelo en el país y en las redes sociales por la 
decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Durante las últimas tres horas del viaje, este fue uno de los temas que tocamos. Desde hace tiempo vengo pensando en cómo explicar las cosas en las que creo sin ofender ni lastimar a las personas que tienen ideas diferentes, y si bien Rubén y Tere comparten mi sistema de valores, charlar con ellos sobre esto me ayudó a poner mis ideas y mi razonamiento en orden.

Antes que nada, considero sagrado el derecho que cada ser humano tiene a hacer uso de su albedrío. Todos somos libres de escoger qué hacer, qué decir y qué creer. Y esto lo digo tanto por mí, por el derecho que tengo a que se respeten mis creencias (aunque estas no sean muy populares), como por cada persona que cree y opina diferente de mí.

Habiendo dicho eso, estas son algunas de las cosas en las que creo y la razón por la que las creo:

Dios existe y yo soy una de sus hijas. Mi vida no comenzó al nacer en esta tierra y no va a terminar cuando muera. Esta vida es solo parte de mi existencia eterna (sin principio ni fin). Como hija de Dios, Lo respeto, Lo amo y tengo la firme convicción de que quiere lo mejor para mí, lo cual no se limita a lo mejor durante esta vida terrenal, sino lo mejor para siempre. A veces no entiendo por qué tengo que pasar por ciertas cosas durante esta vida, pero no dudo que, aunque algunas experiencias no me traigan felicidad ni satisfacción en el momento, a la larga me fortalecen, me ayudan a aprender, a entender mejor el propósito de mi vida, porque sé que mi vida, como la de cada persona, tiene un propósito.

¿Por qué creo en Dios? Porque me resulta imposible creer que no haya nada más grande que el hombre tal como lo conocemos; porque en mi mente no cabe el “porque sí” como una respuesta válida a por qué existo, porque el cuerpo humano es demasiado complejo y maravilloso como para no haber tenido un Creador con características divinas, y además no puedo concebir la inexistencia.

¿Por qué amo a Dios? Porque no puedo no amar a mi Padre. Porque, aunque no lo he vuelto a ver desde que nací de mi madre Lilián, Lo conozco (no tanto como quisiera, pero en eso estoy), porque a lo largo de mi vida he cultivado una relación con Él al darle un lugar en mi vida a diario. Sé que conoce mis deseos, mis sentimientos, mis miedos y mis pensamientos; sin embargo, también sé que si yo decido ignorarlo, Él no se mete en mi vida. Pero en general trato de no ignorarlo, sino que me esfuerzo por comunicarme con Él, en mi mente y mi corazón; me esfuerzo por darle a conocer todo lo que deseo, lo que siento, lo que temo y lo que pienso. Y sé que Él me escucha. Me escucha porque me ama, porque, como cualquier padre, quiere formar parte de mi vida, porque le intereso.

Para mí esta vida tiene sentido porque creo en Dios. Y creer en Dios, creer en que hay algo más grande que yo, más grande que cualquier persona en esta tierra, más grande que este mundo en el que vivimos, es lo único que me da tranquilidad, y es esa tranquilidad la que me permite sentir felicidad y paz.

Como tengo la firme convicción de que Dios existe y ama a todos Sus hijos (cada persona que ha vivido, que vive y que vivirá en esta tierra), sé que jamás nos dejaría solos, sin una guía clara para nuestra vida. Esa guía podemos recibirla personalmente, sin intermediarios, cuando se trata de cuestiones que solo me afectan a mí. Cuando se trata de cosas que no son únicamente particulares a mí, sino a todas las personas, los Profetas y Apóstoles están autorizados a hablar en nombre de Dios para toda la humanidad. Confío plenamente en lo que ellos dicen, incluso cuando mi mente finita no comprende todas las cosas de valor eterno, valor que trasciende esta vida. ¿Por qué confío plenamente en ellos? Porque muchísimas veces he sentido la confirmación en mi corazón de que hablan en nombre de Dios. Y una vez que recibo esas confirmaciones, no las pongo en duda. 

Sé que no todos sentimos de la misma manera ni entendemos la vida de la misma forma, y lo respeto. Uno de los principios que aprendí desde muy chica es que TODOS tenemos la libertad de elegir cómo vivir, qué hacer, en qué creer y en qué no creer. Por esto mismo, jamás intento imponer mi opinión ni mis creencias en otras personas. Respeto la opinión de los demás porque todos tenemos el derecho a pensar y formar nuestras opiniones como mejor nos parezca. No condeno las ideas de nadie que piense diferente a mí, y por eso considero que merezco el mismo respeto y libertad al momento de decidir en qué creer y cómo conducirme en la vida. 

Algunas de las cosas en las que creo incluyen esto: 

"Dios ha mandado que los sagrados poderes de la procreación han de emplearse sólo entre el hombre y la mujer legítimamente casados como esposo y esposa.
"Declaramos que los medios por los cuales se crea la vida mortal son divinamente establecidos. Afirmamos la santidad de la vida y su importancia en el plan eterno de Dios. ...
"La familia es ordenada por Dios. El matrimonio entre el hombre y la mujer es esencial para Su plan eterno. Los hijos merecen nacer dentro de los lazos del matrimonio y ser criados por un padre y una madre que honran sus votos matrimoniales con completa fidelidad. La felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo. Los matrimonios y las familias que logran tener éxito se establecen y se mantienen sobre los principios de la fe, de la oración, del arrepentimiento, del perdón, del respeto, del amor, de la compasión, del trabajo y de las actividades recreativas edificantes". (La familia: Una proclamación para el mundo, 1995.)

Estas cosas, como tantas otras, se entienden mejor si no se las saca del "gran todo" del que forman parte. Estas verdades están atadas a otras verdades más grandes, algunas de las cuales mencioné más arriba. 

Sea como sea, repito: esto es lo que yo creo. Entiendo que no todos pensamos ni creemos de la misma manera, pero eso no quita que podamos seguir queriéndonos y aceptándonos igual.


Ahora sí, doy fin a mis palabras y me voy.



domingo, 8 de febrero de 2015

Lo que no se escribe, se olvida

Lo que no se escribe, se olvida. Lo que se olvida, no se recuerda. Lo que no se recuerda deja de ser parte de nosotros. Lo que deja de ser parte de nosotros, deja de pertenecernos y deja de definirnos.

Cuando no escribo para registrar lo que pasa en mi vida, sé que pierdo partecitas de Berenice: mis recuerdos. Y no me gusta perderme. Me caigo relativamente bien y como, para el caso, voy a seguir siendo yo por el resto de la eternidad, mejor que sepa quién soy, mejor que registre lo que me pasa para que recuerde quién soy y cómo llegué ahí.

A veces me gustaría ser un poquito más como Funes, que no tenía la capacidad de olvidarse de nada, pero eso se me pasa bastante rápido, apenas recuerdo que olvidar muchas veces es una bendición. Muchas personas se emborrachan para olvidar, yo no escribo para olvidar. Algunas veces se me va la mano y no escribo sin darme cuenta, y sin darme cuenta me olvido. Y en general hay mucha cosa buena y linda que recordar.

Hoy me acordé,
y entonces escribí.

domingo, 15 de junio de 2014

Esteb(it)an

Y hoy tocó Esteban, mi hermano mayor, único y genial en muchos aspectos, insoportable en muchísimos otros. Mamá y Papá lo esperaron ansiosos por algunos años, hasta que finalmente se dignó a aparecer. Llegó para alegrar la vida de Jorge y Lilián, como lo prueba esta estupendísima foto.


Cuentan las malas lenguas que tenía sus lindos berrinches de pequeñuelo. Yo me atrevo a decir que dichos berrinches no terminaron como hasta que cumplió los diecinueve años, solo que fueron mutando y volviéndose un poco más sofisticados conforme iba creciendo.


Siempre fue medio malhumorado y algo descarado o atrevido, believe it or not. El que me lea ahora y tenga la imagen de Esteban sentado en el estrado de la capilla pensará que soy una calumniadora, pero no, estoy hablando con la pura verdad.

De chicos nos peleábamos todo el tiempo. ¿A qué se debían nuestras peleas? No estoy segura, pero era nuestra manera de vivir la hermandad que nos unía. Cada tanto teníamos algún momento de paz, como en Navidad, Reyes, el Día del Niño y alguno que otro día en que, quizá sin que nos percatáramos, alguien había pintado el dintel de nuestra puerta con sangre de cordero y el ángel
destructor decidía no pasar por nuestra casa.
Pero esa no era la norma. 

Esteban y Eclón - 1993


Algunos ejemplos:

Transcripción: "Como todos los días tuve una pelea con Esteban..."
Entrada en mi diario personal. Yo, 9 años. Esteban, 11.



Transcripción (sic.): "20/11/92 - Hoy a las 14:30 me pelie con Esteban y me pegó
una patada en el estómago y yo me puse a llorar.
Vino papá y retó a Esteban. Y nos puso en penitencia".


El registro de arriba es un claro ejemplo de que la historia la escriben los vencedores. Si bien los dos nos comimos la misma penitencia, si no fuera por este post, la posteridad sólo vería a Esteban como el perpetrador de castigos infundados e inmerecidos. A favor de mi hermano mayor, me declaro igual de culpable que él, ya que la patada en el estomágo fue la respuesta a mi intento fallido de lanzarle y embocarle una canilla de bronce con forma de serpiente. True story.


Básicamente, esa fue nuestra infancia: peleas. Sabíamos que nos queríamos, pero nos esforzábamos bastante por que no se notara mucho. Cada tanto, después de alguna patada que otra, Esteban se sentía tan culpable que me hacía una postal en la computadora (una de aquellas que estaban re de moda a principios de los noventa, cuando reinaba DOS), plasmaba sus más profundos sentimientos en ella y me la pasaba por debajo de la puerta del cuarto en el que yo cumplía la condena de mi penitencia. 

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Gracias a la sabiduría que los años me fueron dejando y al sabio consejo de mi madre, pasamos a otra etapa. Mamá me dijo: "No le des corte. Tarde o temprano, se va a cansar de molestarte y que vos no reacciones". Dicho y hecho. Dejé de prestarle atención a sus intentos de encolerizar mis ánimos y se cansó. Entonces empezó a molestar a Michelle, las más pequeña, que literalmente llevaba la "garra charrúa" en su interior y la exteriorizaba arañándolo hasta lastimarlo. Un primor los hermanitos Ventura.



Durante mi adolescencia, que llegó después de la de él pero la compartimos varios años, aprendí a admirarlo secretamente. Empecé a darme cuenta de que el Esteban que conocíamos en casa no era el único Esteban que existía. Estoy segura de que, por alguna extraña razón, en casa sentía la obligación de disfrazar a la ovejita de lobo rapaz, para así ocultar su verdadera identidad: cuando lo veías sin el traje de villano, te dabas cuenta de que su valor se equiparaba al del oro. Era como Snape, que nos tuvo seis libros y medio convencidos de que era la piel de Judas.  




Empecé a darme cuenta de por qué todos querían al Paté (sobrenombre por el cual era conocido a lo largo y ancho de la Estaca Este, en Uruguay): Esteban era excelente deportista, divertido, de sonrisa fácil, paciente, amable, sumiso, servicial, líder natural. En casa todas estas características de su personalidad solían quedar sepultadas debajo de las innumerables revistas de surf y skate(boarding) que literalmente tapizaban el piso de su habitación; esas virtudes quedaban ocultas tras             el ruido de la música punk                                         terriblemente ruidosa que escuchaba
                                                                                                         o tras algunos actos de rebeldía                                                                      que surgían bastante seguido. 




Pero un día se fue tres meses a otro país y quedamos lejos, separados por miles de kilómetros por primera vez. Y entonces no quedó duda de que nos queríamos bastante, tanto que hasta nos extrañábamos, cosa que nos llevó a empezar a escribirnos e-mails a diario. ¿Qué me contuchi? De repente como que empezamos a hacernos amigos. 

Unos meses después de ese viaje, llegó el momento de que se fuera de nuevo, pero esta vez por dos años. 

Me acuerdo del día en que lo dejamos en el CCM de Buenos Aires, antes de empezar su misión en Mendoza, Argentina. Como evidentemente les sobraban un par de lugares ese día, nos invitaron a participar de una pequeña reunioncita con los misioneros. No me acuerdo mucho de qué se hizo ni se dijo en esa reunión, pero no me olvido que le pidieron a Esteban que dirigiera el primer himno y a él no se le ocurrió mejor idea que decir que su hermana tocaba el piano. Fue un momento especial y fraternalmente romántico. Cuando terminó esa pequeña reunión, llegó el momento de la última despedida y creo que ninguno de los dos se esperaba la emoción que nos embargó. Después de tantos años de peleas, de casi ignorarnos mutuamente, de distancia a pesar de vivir bajo el mismo techo, el día que tuvimos que despedirnos por dos años, nos abrazamos y no nos soltábamos, y no dejábamos de llorar. Tan machito que se hacía andando en skate, haciendo surf, escuchando estruendosa...

Y volvió de la misión hecho (casi) un hombre. Empezó a salir con mi amiga del alma, Vero; la esperó durante un año y medio cuando ella se fue a la misión; y unos meses después de que volvió, contrajeron nupcias. 

Hoy Esteban es todo un hombre y padre de (casi) tres hijos: las criaturas más hermosas que he conocido hasta el momento. Me encanta cuando en sus e-mails, casi sin darse cuenta, me dice que ama a sus hijos. Me enternece cuando me cuenta del buen corazón de Feli y de la gracia de Emilia. Me llena de admiración cada uno de los esfuerzos que hace desde hace casi ocho años por proveer para su familia, por superarse, por alcanzar metas. Me enorgullese saber que está dispuesto a lavar platos, cambiar pañales y hacer las compras, y que no se siente menos hombre por eso. 



A veces es difícil hablar con Esteban sin exasperarse. Cada vez que hablamos, cinco minutos o cinco horas, él trata de solucionarme la vida. Cualquier cosa que le cuentes, sea o no sea un problema, él tiene la solución (o soluciones): invertí, poné un kiosko, empezá a hacer yoga, anotate en un grupo de baile, salí a caminar, andá a lugares donde no conozcas a nadie, descansá, no estudies/trabajes todo el tiempo, buscá un nuevo pasatiempo, cantá en un coro... A veces es enervante. Sin embargo, hace un tiempo me di cuenta de algo. Lamento que me haya llevado tanto tiempo darme cuenta, pero mejor tarde que nunca. Esteban siempre tiene una solución para proponerte porque quiere ayudarte. Quiere ayudarte sinceramente, porque te quiere, porque me quiere. Y la verdad es que siempre viene bien que alguien nos quiera, sobre todo si es un gran hombre, un siervo de Dios, el hermano por el que estoy eternamente agradecida. 

Te adoro, Estebitan. Sabelo.

¡Feliz día del padre!


Esteban le enseña a pesar a Feli. 





jueves, 29 de mayo de 2014

Los hombres de mi vida - Primera parte

Recién, mientras trataba de concentrarme en cuestiones sagradas, me acordé que falta poquito para el Día del Padre. Entonces me acordé de Papá y me empezaron a dar ganas de escribir sobre él; pero en seguida me di cuenta de que también tenía ganas de escribir sobre otros hombres que son importantes en mi vida, lo cual me vino al re pelete porque a Papá le daría vergüencita si de repente se encontrara con un post dedicado exclusivamente a él. Así que bueno, aquí estoy, haciendo un décimo quinto amague a volver a escribir por acá. Espero tener más suerte hoy, o más perseverancia, o más inspiración, o más de algo para terminar esta cuestión.

Recapitulando entonces, estaba pensando en los hombres más importantes de mi vida (me siento un poco culpable por no escribir primero sobre las mujeres de mi vida, pero son TANTAS, que necesito como veinte posts para no dejar a las principales afuera... Así que mejor empiezo por los hombres). Estaba pensando en Papá, en Esteban, en mi tío Julio y en Feliloqui. Si les parece bien, les cuento por qué son tan especiales estos señores y señorito. Hoy empiezo por Papá.

Papá es un grande de los grandes. La razón principal de su grandeza es que él no lo cree y le incomoda que cualquiera dedique mucho tiempo a hablar sobre sus bondades.

Papá es medio famoso. Cuando estás en Uruguay y sos la hija te da la sensación de que es más famoso que el Papa Francisco (Papá seguramente preferiría que lo comparara con un Beatle, pero la pobreza de cabellera imposibilita el uso de dicho símil). Papá es de esos padres que hace cualquier cosa por ayudar a sus hijos, hasta tal punto que a veces se excede un poquitín, pero está bien, porque gracias a eso jamás dudé de su amor por nosotros.

Pero ojo, no todo es color de rosas; a veces Papá te puede causar algún que otro dolor de cabeza. Es una de las pocas personas con quien puedo discutir (en términos civilizados, por supuesto) durante horas sin que lleguemos a un acuerdo, porque cada uno está empecinado en no dar el brazo a torcer (aunque estoy segura de que yo siempre estoy dispuesta a torcerlo un poco más que él... ponele). La mayoría de estas discusiones suelen terminar cuando uno de los dos se cansa de seguir dándole vueltas a la misma pavada; y, en lo que a mí respecta, suelo terminar acercándome a Mamá para decirle medio bajito, cosa que Papá no escuche: "Decime si no tengo razón, Má". A pesar de nuestras diferencias, que son menos que nuestras similitudes, por bendición, Papá es una de las poquísimas personas en quienes confío (casi) ciegamente al momento de pedirles consejo.

Muchas veces he escuchado a Papá decir que se siente un poco culpable por haber estado poco con nosotros, sus hijos, por algunos de los llamamientos que le tocaron en la Iglesia. La primera vez que lo escuché decir eso no lo podía creer, porque jamás se me cruzó por la cabeza pensar que Papá había estado poco tiempo con nosotros.

Me acuerdo que, cuando éramos chiquitos, muchas noches venía a nuestra habitación, se sentaba en una de las camas, y nos contaba cuentos: cuentos que inventaba él en el momento, con personajes famosos como el Pájaro Loco, que, como no podía ser de otra manera, viajaban al espacio. Todavía tengo las imágenes de esos cuentos ("Las aventuras de Piquín y Cocol") grabadas. También, como buen dibujante que es, nos hacía juegos con dibujos. Mi preferido era ese en el que doblaba una hoja en varias partes y a cada uno le tocaba dibujar una parte del cuerpo de la persona que estábamos inventando; cada uno dibujaba la parte que le tocaba sin que viera el otro. Cuando terminábamos, nuestro dibujo era una mezcla de princesa hermosa con vikingo de piernas peludas.

Desde chiquitos nos obligó a escuchar buena música, pero cuando crecimos no tuvo problema en aceptar la música que nos gustaba a nosotros. Cuando Johanna Del Güercio (una de mis mejores amigas de la adolescencia) cumplió 15 años y tuvo la fiesta correspondiente, muchos amigos de nuestro barrio (Buceo) se reían porque Papá se sabía la letra de todas las canciones de los Backstreet Boys y no tenía problema en bailarlas y cantarlas.


Tenerlo cerca me daba seguridad y extraño eso. Extraño no tenerlo cerca para pedirle una bendición del sacerdocio, para pedirle un abrazo, para hacerle preguntas sobre las Escrituras, para pedirle consejos en el momento exacto en que los necesito o para que me salve las papas cuando me mando algún moco. Extraño verlo lavar el mate a los dos segundos que lo empezó porque le encanta echar el agua como si estuviera regando las plantas. Extraño escucharlo decir que él tiene mucha experiencia en la cocina porque de chico siempre le batía la mayonesa a Yaya Gina (su madre, mi abuela). Extraño escuchar sus reclamos de que nunca le contamos nada, que sólo se lo contamos a Mamá y que está bien porque Mamá fue la que estuvo más tiempo con nosotros (la realidad es que él tiene tal poder de conventración, que se pierde en su mundo interior y después se olvida de que estaba presente cuando contamos todo lo que supuestamente no le contamos). Extraño escuchar su "Necesito ser Jorge por un rato", cuando necesita un descanso del estrés.

A pesar de la distancia y su agenda ocupada, siempre se las arregla para que lo extrañe un poco menos con mensajes de texto, e-mails o FaceTime. Gracias, Pá, por tu amor, por tu ejemplo y por las horas de desvelo, las oraciones y los ayunos que nos has dedicado. Te quiero más de lo que puedo expresar.



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Siempre dudo en compartir cosas como estas, porque sé que no todos tenemos las mismas bendiciones y a veces nos duele ver en otros las bendiciones que anhelamos, pero aparentemente no tenemos. Decidí compartir esto porque sé que el Padre Celestial siempre se encarga de compensarnos por las cosas que nos faltan y pone a personas que ocupan los lugares que sentimos que están vacíos. Es cuestión de prestar atención y confiar en Él.

Me despido sin más, pero estén atentos que la próxima sigo con otro de los hombres de mi vida: Esteban, el hermano al que adoro, a pesar de que sólo la gracia divina me salvó de los graves traumas que podrían haberme causado las cosas que me decía cuando era chica.



domingo, 11 de agosto de 2013

Llegué

Sí, sí, llegué. El jueves a la tarde, sana y salva. Fue un buen viaje, a pesar de mi característica imposibilidad de dormir en medios de transporte. El tramo más largo lo hice junto a un gentil caballero que se ofreció a ayudarme con mi valija-biblioteca ---que casi me deja sin espalda--- y que no me dio charla durante el viaje, cuestión indispensable para que mi viaje sea disfrutable. El segundo tramo hubiera pasado sin pena ni gloria de no haber sido que estuvimos a punto de morir estrellados porque el nabo del piloto quiso aterrizar sin tener permiso para hacerlo y tuvo que volver a remontar vuelo para la intranquilidad de sus pasajeros. Y finalmente, el último tramo fue un precioso viaje tranquilo en el fitito de los aviones; era algo así como un Plaza o Costera con alas.

Dos cosas hicieron el viaje más ameno. 1) La lectura de Divergent, regalo de Michelle para mi cumpleaños (que todavía no fue) y 2) la experiencia en migraciones. Fue sumamente placentera, cosa que me dejó perpleja debido a mis funestas experiencias pasadas. El cordial agente ante quien presenté mis papeles no sólo me sonrió ---el año pasado la mujer que me atendió poco más que me escupió---, sino que además he called me "young lady", me deseó buena suerte en los estudios y me dio un par de consejos. Para mí que era un ángel. Posta.



Una vez que hube pisado suelo salt-lake-citycense, me recibió mi abuela postiza, Raquel. Todos deberían tener una abuela-postiza-Raquel. Seis años atrás, durante épocas difíciles, dedicó horas y horas a contestar mis e-mails; sus palabras no se limitaban a ser inspiradoras, sino que eran inspiradas; me sirvieron de consuelo y me dieron esperanza. Desde ese entonces, se ha convertido en una abuela y amiga que me hace sentir más cerca de casa aunque esté a miles de kilómetros.








Hoy fue un precioso domingo, de principio a fin. Leí tranquila durante la mañana y volví a sentir la confirmación inconfundible de que el libro que leía es un libro inspirado, escrito por profetas de Dios. Es muy genial que el Padre se comunique con nosotros, hablándonos a la mente y al corazón. Ojalá todas las personas tuvieran la fe para darse cuenta de que Él nos escucha y nos contesta. De 11 a 14 fui a la capilla, me saqué las ganas de cantar y hasta participé en la clase de Escuela Dominical: cuando el maestro preguntó cuántas veces se le apareció Moroni a José en la misma noche dije "Three".






La tarde estuvo llena de charla, "barbecue" (nuestro asado), calorcito y descubrimientos. Yo ya sabía que mi talento era sin par; sin embargo, esta tarde, lavando lechuga y admirando los tomatitos cherry caseros de la huerta de Raquel, me di cuenta de que el aire montañés claramente le hace bien a mis pulmones y está potenciando mi don natural para el silbido. Es así que esta noche de domingo que está a punto de terminar me despido de ustedes y los dejo con un silbido dominical inspirado en el número musical que formó parte de la reunión sacramental de hoy: un arreglo para piano y viola de "Secreta oración".



Herriman al atardecer.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La partida por partes

A mí no me gusta lo convencional y me fascina tener historias copadas para contar, así que no me quedó otra que pedir que cancelaran el vuelo de anoche y que me pusieran en el vuelo de hoy miércoles 7 de agosto. Igualmente, para hacerla del todo bien, primero hice el “online check-in”, me conseguí un buen lugar, despaché mis bultos, pasé por migraciones para que me sellaran el pasaporte y en la cola me encontré con Roberto Giordano (el de “No me peguen, tengo un grano”), subí a la avioneta y me senté al lado de Eduardo Strauch (sobreviviente de la tragedia de los Andes), salimos a dar una vuelta de 360 grados en aeroplano y volvimos a la Puerta, donde volvieron a conectar la manga y nos tuvieron dos horas y media esperando que se solucionara un problemita mecánico; finalmente desabordamos el avión y deshicimos todo lo hecho. Me sentí como Chris Martin en el video de “The scientist”. Sea como sea, agradezco al responsable piloto que decidió no sacarnos a volar mientras la aeronave no funcionara a la perfección. Como comentábamos con Edu, es mejor que te cancelen un vuelo antes que estrellarte y quedarte varado en medio de los Andes.

A todo esto, mucha cosa buena se desprendió de mi paseíto de anoche, a saber:


  • Mis oraciones fueron contestadas y no viajé en un avión que corría peligro de realizar un descenso con la nariz apuntando al piso.
  • Eduardo Strauch, sin conocerme previamente, se unió a la gente querida que me concedió mi deseo de cumpleaños. A algunos familiares les pedí que para mi cumpleaños (que festejé por adelantado) me regalaran un libro. Mi compañero de asiento me regaló un ejemplar de su libro Desde el silencio: Cuarenta años después, que publicó en diciembre de 2012. ¿Qué me contuchi? 
  • Dormí horizontalmente y disfruté algunas horas más con mi familia. 
  • Fui una última vez al Templo de Montevideo antes de volver a emprender la retirada.
En conclusión, valió la pena la partida por partes.


martes, 6 de agosto de 2013

Llegó el día

Llegó el día de mi partida hacia nuevos rumbos y tengo la impresión de que corresponde terminar con un “postcito” que luego dé lugar a una producción más prolífera, prominente y profesional (porque prometo publicar más proactivamente en el futuro próximo).

Hace unos días Vero (mi cuñada) trajo a colación un momento bisagra en la historia de la humanidad (creo). Hoy es uno de esos momentos en la historia de esta humana. Ya he tenido varias de esas ocasiones, pero, como nos pasa a todos, muchas de esas ocasiones las reconocí cuando fue pasando el tiempo. Este 6 de agosto es especial porque es producto de mi volición, porque es algo que elegí conscientemente, tras mucho ayuno (pero más desayuno) y oración.

Me gustaría seguir escribiendo más, pero lo dejo para más adelante. Hoy sólo quería escribir algo que haga las veces de fin de capítulo para empezar el nuevo con más propiedad.

Me despido ahora, pero no por mucho tiempo. Para que se entretengan, los dejo con algunas de las fotos más feas que hemos sacado en los últimos tiempos. Sí. No dije mal. Las más feas, porque de las más lindas vemos todo el tiempo.